Cuaderno de poesías (2011).
Poemas (2011). Arte de tapa de Walter Di Santo.
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PRÓLOGO de Rafael Felipe Oteriño:
EL PODER ALADO Y SAGRADO DE LA POESÍA
El vocablo griego apeiron está íntimamente ligado a la poesía de Alfredo Maxit. No porque esta poesía exprese las condiciones de indeterminación propias del significado de dicha voz, sino por la decisión de oponer a lo indeterminado el poder edificante del lenguaje. Gracias a dicha condición, es posible saber de su lucha por conquistar zonas de inteligibilidad allí donde hierba, alas, sol, pájaro tienen su dominio y la mente persigue las ondas del sentido. Los poemas son destellos y vislumbres que, al tiempo de la lectura, se convierten en conquistas del espíritu en el proceso de echar luz sobre lo conocido/desconocido que nos rodea. De ahí el carácter reflexivo que ellos tienen, rodeados por los silencios significativos de los espacios en blanco de la página. De ahí las palabras aisladas y los tropos léxicos de invariable sabor semántico. Es que las manifestaciones de la vida, la muerte, el paso del tiempo, la arrolladora duración, no ceden fácilmente a la nominación y sólo se expresan de manera figurada. En este caso, proyectadas en imágenes que, a modo de preguntas incesantes, van conformando el friso de la vida vivida y de la vida presentida: lo que fuimos, lo que somos, lo que se abre y se cierra sobre nuestras cabezas.
Es una poesía en la que el ojo supera al oído y no es extraño que así sea. Porque Alfredo Maxit es un poeta del pensamiento y de la reposada meditación –también lo es de su otra cara: la del dramatismo interior- queriendo decir con esto que se vale del verso como instrumento para ir más hondo y más lejos. Su capacidad para poner al descubierto la condición reveladora de la palabra poética lo muestra como un laborioso explorador de lo indecible. Cada vocablo tiene cabida en el poema por su sonoridad, pero rápidamente se convierte en el haz de luz que busca indagar la huella de lo indeterminado. Hay un poema en el que la introspección, casi al borde de lo críptico, es -con su trasfondo letrado- una puesta en acto del pathos del autor. En apretadas cinco líneas –enriquecidas por la doble ocasión de la palabra cayó (cayó de caer pero abierta asimismo a la dimensión del silencio)–señala el rumbo de la peripecia humana: El árbol del saber cayó los frutos,/ el regio Edén dejó fuera de sitio/ al hombre, la mujer confusos/ de sucedido o sueño.// Heridos de original nostalgia (“Herida”). El poema muestra la aspiración al conocimiento, seguida de la mortificación que sobreviene a la búsqueda, calificada por el extrañamiento producido por aquello que, paradójicamente, nunca es alcanzado. No se trata de la herida del sujeto-persona-física-individual, sino de la rilkeana asunción de lo propiamente humano en tanto que límite. La serena aceptación de ese límite y su armonización con las cosas creadas e increadas. Los veintitrés poemas que integran el libro contienen, de este modo, la intensidad verbal de un poeta que ha hecho de la escritura de poesía su conmovido “estar en el mundo”.
Rafael Felipe Oteriño
Poesía (2001).
PRÓLOGO, de Ana Lía Torre Obeid
El único valor de escribir sobre lo que otros escriben es el de orientar la lectura de sus obras. Entiéndase bien: abrir caminos solamente para una lectura más detenida. Sucede que cuando se trata de poesía – y, además, la poesía de Alfredo Maxit -, el comentarista parte de la certeza de que hay más luces en la obra de las que podrá ver; luces sobre las cuales no conseguirá advertir a los futuros lectores con cuyas miradas, precisamente, se activarán las muchas vertientes de significación que el libro precipita. Por lo tanto, ésta será sólo una tentativa de aproximación, una búsqueda con la convicción de que el poema es fuente de revelaciones.
Como en una arqueología de la palabra poética, recuperamos con Maxit la poesía celebratoria. ¿Y qué celebran estos versos en plena Edad del Barro ensangrentado? No ciertamente, el progreso ni la abundancia… ni la plenitud de los hombres y otros frutos…Esta obra celebra lo que queda. Celebra los refugios en medio de la intemperie, aludida por Juan L. Ortiz en el segundo epígrafe.
El primer refugio: el de las palabras que los padres dijeron antes. Se trata, por un lado, del padre en sentido estricto, que le leía versos al poeta y, por el otro, de los padres de la literatura hispánica (el registro de los intertextos es nutridísimo), quienes le ofrecen el amparo de un diálogo extendido aun más allá de la primera parte del libro, sugestivamente titulado DE LENGUA Y LITERATURA. En ella, el poeta se apropia de los fragmentos más amados de textos que, como lector y profesor, ha frecuentado hasta la recreación. En una concepción post-borgiana de la autoría, Maxit toma posesión de los versos de sus autores preferidos y los incluye en sus poemas en una gozosa resignificación.
El segundo refugio: el del ser, presente e invencible, al que el poeta tiende un cerco entre ausencias sociales y debilidades individuales. Son los Poemas de aquí y ahora, una circunstancia trágica en la que el yo poético inscribe su camino histórico sin perder la certeza del trazado superior, divino.
DE LENGUA Y LITERATURA
Las composiciones iniciales siguen el orden de enunciación del título de esta primera parte. Comienzan los poemas sobre la lengua castellana, a la que el epígrafe de Dámaso Alonso llama tesoro de heredad. Hay composiciones que parecen lúdicas, como Modal, que se va escribiendo, por un lado, en la denotación estricta de los modos del verbo con que se expresa el deseo (que sea…. hubiera sido..), apelando a un certero metalenguaje; y por el otro lado, establece un contrapunto con los versos del epígrafe de Rubén Darío: …y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido…. Al mismo tiempo, en este doble alarde de oficio de escritura, se va inscribiendo la connotación de una nostalgia. La obra alcanza, en estos momentos, un grado sumo de sugerencia, categoría fundamental de la lírica. El autor convoca e integra en su hacer poético al lector, y éste se hace parte necesaria de la recomposición del poema cifrado.
Otro aparente juego de escritura, como Las coplas, acaba siendo registro de la historia de la poesía tradicional iberoamericana, su transmisión, sus recursos y la permanencia en el cancionero infantil.
Desde un ángulo diferente, Clase de lengua, nos propone pensar sobre el origen de la percepción del mundo a través de las formulaciones del idioma. En él, la meditación sobre las categorías gramaticales, reedita la invención del universo por la palabra creadora:
Prodigio de la lengua y del habla
que nos devino el ser a ti, a mí,
a ella, a él, al ello,
a nosotros,
frágiles pronombres.
El diálogo con la literatura didáctica, frecuentada desde muy temprano, no acaba. Son poemas como A Gonzalo de Berceo, cuyo epígrafe es levantóse un ángel e disso: Io so testigo (Milagro XI), los que revelan el cuño religioso y literario del más selecto linaje que esta poesía ostenta.
El poeta se expone; muestra su intemperie, aquella a la que aludió de diferentes maneras desde el comienzo. Invoca a Berceo como intermediario de su salvación, y el lector no puede sustraerse a la evocación de Dante apoyado en Virgilio.
Es la reaparición bajo otra especie de esto que subyace y aflora de tantas maneras en la lírica de Maxit: la palabra nos salva, sus grandes autores nos guiarán al buen fin.
La intertextualidad intensa de la primera parte de este libro, excede lo literario. No es gratuito que el poema a Berceo comience con los nombres (de Nuestra Señora) y que, por ambigüedad de nuestra lengua en general y de la lengua poética en particular, al decir hoy me subo a sus árboles podamos interpretar no sólo que alude a los milagros de Nuestra Señora, sino a la propia cadencia de la cuaderna vía del poeta. Como si a la Salvación que pide -no a la Virgen, curiosamente, sino a Berceo con cuya invocación empieza- se accediese por el lenguaje laudatorio, ritual en el que la poesía de ese autor y aun la de poetas más heterodoxos cifra los instantes de revelación.
Buscados momentos del gran consuelo en medio de esa fragilidad que se va perfilando como una especie de indefensión estructural, cuya raíz es del plano de los hombres y se denuncia en poemas como Descansada vida, en el que se entrecruzan voces de varios poemas de Fray Luis y alusiones a su sufrimiento en la cárcel y también se inquiere sobre la paz del mundo en una pregunta tan retórica como acusatoria:
¿Cuándo será que pueda
el soplo humano
- en esta alma región
de luz y lágrimas
y de la asida costumbre
roto el ñudo
- no se diga morir -,
vivir en paz?
Pero el sentimiento cristiano del poeta es profundo y, no bien acaba de sesgar esta crítica, hace su mea culpa en el Canto desnudo dedicado a San Juan de la Cruz , que ya constaba en En tu hermosura, de 1991.
En diálogo con el gran místico de España, confiesa no haber vivido la plena esperanza, la total entrega; pero no deja su puesto junto a la cruz…
El homenaje a los maestros contemporáneos se evidencia en el Reverso Conjetural, antes aparecido en Entreluces, de 1996.
Retomando ese paradigma de las letras argentinas y del destino del sur, que es el Poema conjetural de Borges, y en directa alusión a la dura continuidad de pantanos y atropellos a la ley, en que Laprida reconociera su sino, Maxit enuncia la muerte de América a manos de los nuevos bárbaros.
El poema Ella es notable por las connotaciones: parte de un referente literario (retoma el homónimo de Juan L. Ortiz de El alma y las colinas, 1956), en el que ella, siendo el don absoluto y la ternura, como la esposa bíblica despierta y con una lámpara en la mano en el centro mismo de la noche consigue -en el poema de Ortiz- mantener el infinito a su lado y el presente en el confín. Pero Maxit establece un intenso contraste porque ahora ella es una criatura reciente de débil papel que se precipita en la explosión de los versos finales. Lo bíblico más sublime es evocado en las visiones del oprobio, como una bomba que atomizara en caos la armónica unión mesiánica negada desde el interior, implosionada, por un sin:
Ella ha venido.
Desnuda ha venido
a quedarse
sin
lámpara
noche
centro
espera
Las consecuencias expresivas de este final merecerían un estudio aparte, ya que cada verso/palabra se resignifica en función de la disposición gráfica del conjunto.
En Por el poema, ese mismo recurso visual-verbal, que tanto trabajaron los concretistas brasileros, dibuja sobre la hoja una poesía sobre la poesía…. Metalenguaje y diagrama se conjugan para hacer surgir el sentido de una doble escritura: horizontal y vertical. Así se revelan los atributos salvíficos del poema que la Eva eterna busca entre las hojas intentando descubrir lo que se cifra en espejo e imagen y ha de redimirnos de la inicial caída:
Eva
andaba
anda entre las hojas
por
alcanzar
el fruto desnudo
poema
templo espejo paraíso
verbal iluso breve
para
caídas
En el camino poético de este libro, esos poemas son como topónimos que correspondieran a estaciones principales en el gran Vía Crucis del mundo, que se completará en la segunda parte de la obra:
- la inminente revelación de lo sagrado
- la búsqueda de la Esperanza
- la urgencia del Amor
- la pérdida de la Paz
POEMAS DE AQUI Y AHORA
Se diseña en esta segunda parte el camino de la intemperie a solas… Si antes Berceo, San Juan, Borges, León Felipe y tantos otros habían sido los sostenes de este yo en trance de recorrer el mundo y sus contradicciones, aquí y ahora está el alma sin compañía y dilacerada porque los datos de la realidad son inconciliables con la conciencia del que cree y ama.
Pero fue dicho que este libro abre el espacio lírico de los posibles refugios a los que el yo se aferra mientras, en este aquí y ahora, comienza su peregrinaje por las circunstancias.
Por eso se establece una correspondencia entre el sabio epígrafe de Mateo 6,34 (No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción) y el primer poema, Biografía. Correspondencia en que la palabra poética -hipérbole biográfica de la carne- se yergue como un puente, como la posibilidad actual de establecer, en medio de la aflicción, un ámbito verde sonoro. La aflicción de cada día que el evangelista menciona es afirmada en el espacio lírico como la potencia del ahora. Son posibles redenciones efímeras, que tal vez salven al hombre en la historia mientras no llega la redención definitiva.
Como en una versión inversa del famoso cuán largo me lo fiáis del Don Juan de Tirso -que se jactaba de la lejanía del castigo que le advertían- este yo es quien advierte sobre la lejanía del paraíso prometido al cual el hombre debe acortarle los plazos optimizando los días: acéptalo:/ no están en las manos/ las inmensas cosas (Si pierdes); éste es el paraíso/ en que deviene el hombre…(Beatus ille); cúmplete todos los posibles/ que el cosmos no dispone/ de otro sitio. Éste es para ti./¿Después?/ es una idea, un desvío,/ un invento sin patente,/ ahora (Mientras viajas).
Esos refugios. Sí, esos frágiles refugios en los que el yo toma aliento para encarar la cruda intemperie: la de los Chicos de la calle, la de las pesadilla no soñadas en los días de persignaciones (Petición), del cielo que ya nadie mira (La espera), de la gravedad -léase catábasis, descenso- que inhibe los músculos (Decisión verbal).
Hasta que en ella surge, redentora, una esfera gratuita de luz (Reverencia), una Canción cíclica, unos relámpagos de amor sobre la nada (El más fuerte) o los resplandores que encienden el cielo por el Ser que vuelve (Metáfora del Viernes)…
Y, entonces, este AQUÍ Y AHORA, via crucis cuyos topónimos se iluminan al rojo vivo, se cierra con un poema positivo, afirmador del seguro refugio: el paraíso de la creación por la palabra poética:
COMO PARÁBOLA
Vino el Sembrador. Arrojó las semillas.
No faltaron tormentas ni lunas.
Nacieron – no todos – los árboles.
Las ramas abrieron los verdes abrazos.
Llegaron – no siempre -
las aves, las flores, los frutos.
Al reino de los cielos se parece
el intento solar de la Poesía.
En POEMAS DE AQUÍ Y AHORA, Maxit compone cada poema con concisión y cada parte de manera orgánica provocando una densidad expresiva propia y digna de lo mejor de la lírica castellana, a la que el libro rinde homenaje.
Ya en DE LENGUA Y LITERATURA el autor había mostrado por dentro su taller en el poema Del oficio, que podríamos tomar como su arte poética y que muy bien anticipa esta parábola.
En la primera estrofa, concibe el acto creador como una iluminación y no es otra cosa la que muestran los repetidos ejemplos de este libro en que el lenguaje se ha despojado de excesos y el mensaje emerge de la palabra sustantiva, constitutiva.
Uno busca que junten las palabras,
que tengan nueva luz de criaturas.
En la segunda estrofa, reivindica el trabajo duro contra los engaños del mundo y la esquivez de la palabra/poesía. De hecho, la concisión del lenguaje de Maxit denota una profunda tarea de decantación y de selección de las palabras, de sus combinaciones y de la paleta con que ha de fijar las imágenes. Porque la lengua, justamente por innumerable, es laberíntica y oculta el número en la cifra…
Algún día las suelta mariposas
-luego de intensas, oscuras particiones-,
porque niega feliz los espejimos
o el árbol de la lengua no da voces.
En la tercera estrofa enuncia la tesis de que el poema puede ser el lecho en que el río de la historia se manifieste y, aunque tímida, también la esperanza, pero todo estará sujeto a la autenticidad de unos pocos versos contenidos/continentes.
Si después vuelve el tiempo por los versos,
pocos serán los que digan todavía
la frescura del sol cuando amanece.
En esa contención formal de la lírica se afirma la otra, propiciada por los refugios del espíritu y el tiempo.
Desde el primer poema de DE LENGUA Y LITERATURA, Libreta de apuntes, surge evidente la tensión entre los polos: intemperie-amor/ fragilidad-dádiva, cuyos puentes visibles levantan, meridianas, la fe y la poesía. Son variaciones de la eterna dicotomía entre bien y mal, que pone en crisis toda obra de arte mayor y que Maxit expresa con un lenguaje cada vez más concentrado, diciendo muito em pouco, según la sabia poética del gran Guimarâes Rosa.
Ana Lía Torre Obeid, La Plata, agosto de 2001.
Poesía (2006).
CONTRATAPA de Horacio Preler:
Quizá sea el hombre el ser deshabitado por excelencia, pero el poeta es quien habita la creación, el que aspira a entrar en la región donde mora la fantasía. Su cuerpo y su alma constituyen una unidad que no puede entender totalmente ese territorio que roza la eternidad y se limita en el tiempo. Alfredo Maxit ha rastreado en su interior y se ha preguntado dónde habita el ser. Es una interrogación con múltiples vertientes. No obstante, se ha empecinado en encontrar respuestas. Des / habitaciones es un libro de penetrante indagación personal y poética en el que las preguntas últimas del hombre campean en cada línea con un lenguaje seguro que se refleja en poemas como Vertientes y Empecinamiento. Se trata de una tarea poética en permanente crecimiento que nos invita a una profunda reflexión sobre la existencia del hombre, su experiencia vital y su insondable desamparo: Habitarás la tierra, milagro de la vida/ en lo deshabitado.
Horacio Preler
PRESENTACIÓN en la Ciudad de la Plata, en el Museo Beato Angélico:
DES/HABITACIONES, EL RETORNO COMO PROYECTO por Ricardo Rubio
Todo texto literario es un monólogo, y es habitual que en poesía ese monólogo proponga la verdad subjetiva de la voz que lo dicta. No lo es, en cambio, la idea del retorno. Esta idea de regreso al origen, menos habitual en poesía y más corriente en narrativa, se expone en Des/habitaciones como deseo de reintegración.
Alfredo Maxit, con su profuso ideario simbólico, en el poema “Aviso”[1], nos entrega una estrofa concentrada que dice: “La lluvia junta el cielo y la ceniza”. Ciertamente, como idea de cambio tendiente a la regeneración de la vida, el tópico “lluvia” tensa por contraste y separa la elevación que implica el cielo, de la destrucción propia de la ceniza.
La voluntad del retorno se forja allí, en el horizonte donde se contactan el cielo y la ceniza. Y desde esa posición, desde esa línea lejana, tan adentro y tan afuera, surgirán los varios pasajes del libro que anidan el “Hoy es hoy”, verso que remata el poema “Aviso”.
Frente a los grandes obstáculos, frente a situaciones límites, o bien, frente a circunstancias que las parecen, los bordes del ser y las partes del organismo que en él se agrupan para la vida parecen difuminarse en el juicio del portador de la pena, parecen perderse y huir hacia un punto replegado y denso; y es en ese núcleo donde se agita la parte esplendorosa de la negrura[2], donde todos los dolores, todas las congojas y todas las melancolías se recluyen para deliberar. Pero si hay discusión, hay expectativas. El retorno está en progreso.
Ataviado con símbolos o sentencias directas que anuncian el cambio, con imaginería ontológica, con especulaciones acerca de los tiempos o de los encuentros, desnuda la paradoja entre la reflexión de lo inalcanzable y lo tibiamente aprehensible por su mirada del hombre poeta; la presencia del yo como sustento de todas las cosas y en todos los instantes que le son propios es la prueba de la resistencia, una visión prematura de que el proyecto es posible. Así, su entraña creadora tallará versos de una enorme ensoñación, de una vitalidad que lo impele al mundo y lo hace reflexionar sobre el oscuro secreto de los imponderables.
La angustia hace patente la nada[3], pero la des/habitación no es la nada, es, en el peor de los casos, un vacío plausible de ser llenado. Ni aún inmerso en esta sensación de separatidad se halla la ausencia del autor. El hombre lúcido y atento se levanta más allá de la hondura que ha rozado, sale de ese núcleo oscuro y tormentoso, se reincorpora, se alza con pasión y busca ser purificado.
A lo largo de los poemas que componen Des/habitaciones podremos advertir cómo el poeta edifica una trama casi teorética de los caminos recorridos, de sus circunstancias y de los pasos a seguir. Ante sus ojos, se amplía la posibilidad del espacio abierto, el intelecto lúcido vibra y reconoce lo esencial, impugna al destino y deriva por la riqueza interior dispuesto a revivir.
La presentación de esta trama aparece en el segundo poema del libro, “Empecinamiento”[4], donde el último verso de la primera estrofa dice: “el porvenir del cántaro que rompe”.
No pude sustraerme de la asociación con otro poema, “El búcaro roto”[5], cuya alegoría, donde lo quebrado es el corazón, alude a Ilisha, antigua expresión de la melancolía producida por el amor. Ya vemos cómo, a pesar del padecimiento, el poeta nos habla del porvenir de su cántaro roto, le asigna un nuevo destino a pesar de sentirlo destrozado; de ahí, la idea del retorno, y luego, el proyecto de ese retorno: la vuelta a las habitaciones.
En el mismo poema (“Empecinamiento”), el terceto siguiente dice: “Siempre hay un empecinamiento Sísifo / que compensa el sudor, cuando regresa, / con resquicios de arena entre los dedos”.
Siempre hay un empecinamiento Sísifo, que yo traduciría como “empecinamiento oportuno” más que como “empecinamiento bribón”, acaso busque significar que siempre hay una salida cuando se reúnen la voluntad, la fuerza y la entereza.
El segundo verso dice: “que compensa el sudor, cuando regresa” anunciando que ese empecinamiento, al regresar, será gratificado, lo que nos habla de esperanza.
El tercer verso manifiesta lo que deja atrás: “resquicios de arena entre los dedos”, donde “arena”, como símbolo llano, alude al hambre y a la sed en función de necesidades psíquicas o como estados de carencia, y más profundamente, alude al tiempo y a la soledad. Simbolismo ajustado en un todo al proyecto intuitivo del autor.
Terminará este poema con cierta aseveración en la que evidencia una admirable lucidez reflexiva cuando llega a una síntesis precisa y poderosa; su claridad de perspectiva acierta a decir: “Siempre. Un empecinamiento más”, como si incorporarse de la catarsis fuera cosa sencilla y cotidiana.
El orden de este poema nos adelanta el cuerpo general del libro y el corpus de su semántica, la que se irá derramando a lo largo de las páginas con un entretejido de situaciones y miradas a veces taciturnas, otras veces propiciadoras, en el que recurre tanto a imágenes de la civilidad como al paisaje, dejando mayor corazón, si se me permite decir, sobre el segundo.
No hay en Alfredo Maxit luchas de inteligencia que provoquen una rotunda visión dramática de la vida pese a que los hechos podrían proponerlos. Es ésta, una poesía de recomposición, de reedificación interior, de elevación, donde las habitaciones interiores y exteriores buscan un nuevo y mejor estado, más cercano a la plenitud y más lejos del desierto de las cavilaciones.
Énfasis, belleza, imagen, contención, nada de excesos. El modo de poetizar es en Maxit lo relevante de su estética, la distinción que lo eleva entre las voces. La particular forma de mirar[6] hace de estas des/habitaciones prudentes silencios de contemplación, en el mejor sentido oriental del término.
En el poema “Del relato”[7], dice: “Existe una carpa fantástica / de encendido fogón / donde juntan las horas. // Habrá que mejorar el cuento, / vigilar los deslices de la trama, / decidir a tiempo los conflictos…”
La vida, como una función circense, la reunión junto al calor, pero también el cuidado, la vigilancia, para no reincidir en la caída ya que “…la vida”, dice Maxit en otro poema, es “despareja hasta la desgracia”[8].
Simbólicamente, el desarrollo de la demostración de este teorema del retorno atravesará varias habitaciones: distintos estados de ánimo, distintos días y distintas noches, ánimos propuestos en general por lo perentorio de las resoluciones; a cada instante, la ubicuidad, la rectitud, el equilibrio. Un flujo de ángulos y posiciones que buscan agotar, a fuerza de palabras, las laceraciones del destino.
La franqueza sensible que subyace en este trabajo poético brota de la emoción pura, con retoques que la razón dispone aquí o allá; de ningún modo es arenga de auto-salvación: no enjuicia, no hiere, no distorsiona; el dolor ha encallecido, y, pese a su cicatriz, hay una disposición a transitar las veredas luminosas, un proyecto al retorno de la luz, ahora sabiendo que hay, como dice cierto verso: “Una mano poderosa u obediente. Incapaz de la caricia.” [9]
El primer plano de los significantes es acaso el barniz o la excusa con la que testimonia la percepción de lo deshabitado, que es en sí tropo de la soledad; el segundo plano, la entrelínea que ilumina la entidad, los símbolos, los tópicos, las apoyaturas clásicas, lejos del abuso, nos ganan las fibras interiores por acumulación, durante la lectura continuada.
Una estructuración decidida nos revela el reordenamiento de los ciclos temporales, pese a la fuerza negativa de la inexorabilidad que nuestra idea del tiempo tiene.
Vocabulario, técnica y talento se aúnan para llegar con claridad a un objetivo sublime; lugares no explorados de la psique despiertos por el dolor y puestos en evidencia como un reflejo en el paisaje, proyectados contra la pared del mundo, contra las paredes deshabitadas. Toda una aptitud lírica y rítmica para el cometido del regreso, que es de por sí parte de ese nuevo camino.
El control de la palabra, el contenido ético del poeta y de su obra, el orden de su pensamiento ligado a la franqueza y a la dignidad, y la honestidad con la que su autocrítica se presenta franca y sin rebuscamientos hacen de Des/habitaciones un proyecto de retorno que, sin duda, llegará a destino.
Ricardo Rubio
[1] “Des/habitaciones”. p65
[2] Cao, Omar: “Antología Poética Universal 8100”. Versos 6º y 7º del poema “Canción”. Ed. LLQSCCLB, 1978. p63
[3] Heidegger, Martín: “Qué es metafísica y otros ensayos”. Ed. Siglo XX, Buenos Aires, 1983. p47
[4] “Des/habitaciones”. p23
[5] “El búcaro roto”, de Rene F. A. Sully Prudhome
[6] “La razón ardiente”, de Graciela Maturo.
[7] “Des/habitaciones”. p25
[8] “Des/habitaciones”, Del usuario. p51
[9] “Des/habitaciones”, De los sentidos. p57
Poesía (2008).
Alfredo Jorge Maxit,
Colón, Entre Ríos, 1942.
Ha publicado varios libros de poemas, pero considera que su estilo poético empieza con Entreluces (1996). Le siguen: De lengua y Literatura y Poemas de aquí y ahora (2001) y Con las palabras (2005).
Es profesor en letras y ha publicado ensayos de crítica literaria. Entre otros: En tu hermosura. Fray Luis y San Juan en encendida flor (1991), Agua del buen manantial. Homenaje a Antonio Machado (1991), Los hilos de oro de las Coronas líricas de Fray Luis de Tejeda (2004). La versión teatral de El Curioso impertinente (2003) de la obra de Cervantes se suma, en el género dramático, a El brindis, Extraño laberinto y otras.
Ha dictado numerosas conferencias y prologado muchas obras, sobre todo, poéticas.