Novela editada originalmente por Ediciones Cristal (de Ricardo López, 1982), hoy con tapa remozada en La Luna Que.
Ensayo (1996).
Incluye: “Apuntes de la Literatura Paraguaya”
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Discurso de Ricardo Rubio en el Salón del Senado de la Nación al fallecimiento de Elvio Romero.
ELVIO ROMERO
13 de diciembre de 2004
Cuando alguna voz se alza por sobre la murmuración, cuando se rompe el silencio para exaltar una verdad, es cuando aparecen la manifestación útil y la resistencia ante el abuso y el delito.
Elvio Romero fue en vida, es y será desde sus páginas, modelo de esa resistencia.
Poeta universal de tono americano, desde el cimiento paraguayo que edifican el guaraní y el enorme acerbo literario del idioma castellano. Idioma al que su obra alimenta y dignifica, actualizándolo y respetándolo con un celo que reniega de la invasión de voces y formas que a menudo asedian nuestra esencia hispanoamericana.
Su palabra desprende fuerza vital, el carácter objetivo de nuestro lenguaje y su sonoridad. Como expresionista a ultranza se nutrió de algunas fórmulas modernistas y de la pureza de gusto por lo clásico, lo que hace que su mensaje no sólo manifieste la intensidad de una idea enraizada en lo ético, sino también un equilibrio formal, flexible a la gracia de lo espontáneo, claro y creativo en lo estético.
No encontraremos en su obra intimismos que delaten dudas o conflictos psicológicos sino el dolor real de un hombre íntegro frente a lo inexorable de una sociedad ciega de ambición que llena su vacío existencial con objetos y poderes inútiles; tampoco hallaremos proposiciones penumbrosas, aun en los temas de amor indagó la identidad como percepción de un mundo todo, siendo las fricciones más individuales buen cultivo para delatar la decadencia de las autocracias absurdas.
Si la llamada poesía social es aquella que surge como resultado de la observación de lo justo, entonces Elvio Romero fue un poeta social. Él ha dicho alguna vez:
“Soy un poeta indignado. A mí la injusticia me produce indignación.”
Cuando un hombre no puede sustraerse del sufrimiento de otro, no hace más que identificarse con su dolor, y responde emocionalmente al llamado de la razón de un modo saludable y certero
En Elvio Romero no hubo una tendencia a suscitar ponderaciones a su destreza ni a su intelecto, de los que dispuso en alto grado. Llegó a las palabras y a los hombres con el dictado de un corazón compartido, con un vocabulario llano, inspirado, y cuyo caudal no tuvo límites a la hora de la palabra precisa o del abrazo fraterno.
Desde un principio se impuso por sobre las tentaciones del exitismo; sus valores se tradujeron en composiciones sanguíneas, a veces vehementes, en las que se advierte el pesar y la angustia del desarraigo.
No puede negarse que gran parte de su obra se apoya en el recuerdo y en los estados dramáticos a los que le sometió el destierro, pero su palabra dejó un sustrato de dolor nunca abatido, jamás desesperanzado
Como aire perentorio que debe respirarse sin más se enlaza con sus héroes, y sus mártires, con sus deseos, con la exaltación de la hombría, el vigor y la honestidad de los mejores hombres. Citándolo:
Heme aquí, con los de mi camino, el justo, el pobre, el perseguido y el rebelde; de parte alguna vino su voz, sino de ellos.
Sus ideas firmes y objetivas, brotadas de la realidad y ejemplificadas con ella, se hacen verbo ante la observación de la injusticia. Empieza a considerar entonces que la poesía no es simplemente un juego de palabras que emerge como fruto del trabajo intelectual, sino un canto que brota de la emoción más honda y más sincera del ser, que traduce la mirada que el poeta derrama sobre las cosas y que llena los versos de sensaciones que buscan lo palpable, el eslabón que una la abstracción con la materia.
Es entonces cuando deviene crítico de esa realidad y se instala fuertemente en el compromiso social, pues el hombre es gregario y vive en sociedad, y si ésta le hace sufrir, su canto será una elegía o una exhortación, pues, como dijo alguna vez:
“La poesía es un estremecimiento que siempre estuvo con los oídos atentos a las palpitaciones del mundo”.
Al respecto opinó Walter Wey que la poesía es una expresión viva de las ansias colectivas; decía también:
que “las inquietudes del pueblo deben manifestarse en los versos de los hombres elegidos.”
Si bien la poesía de Elvio Romero tiene un tono social o comunitario, de ningún modo es panfletaria o servil. Su obra es una pintura de la realidad, es fiel a los sucesos del tiempo que le tocó vivir y sensible a las necesidades de un pueblo agobiado por las guerras y por los abusos del tirano de turno.
La validez de una poesía de compromiso social depende de cómo el mundo resuena en el alma del poeta y de cuánta sinceridad exista en la dolorosa contemplación de sí y de su gente. De lo contrario, y fatalmente, caerá en la declamación falsa, pretenciosa y demagógica.
No ignora ni soslaya el destino trágico que unos pocos hombres dispensan a la mayoría, destino que asume como propio, resultándole a veces más penoso que a quien lo sufre. Cuando el que está en el ruedo es un poeta, el resultado del grito es una suscitación que deviene arte.
Extrañará pensar que su obra acentuadamente humanística sea de carácter pasional en función de una proyección subliminal de la libido. Técnicamente se apoya en una sonoridad a ultranza y en su talento singular en el manejo del idioma para hallar el fonema preciso. Pero las relaciones están a la vista: simbólicamente los griegos juzgaban que el ritmo era la parte masculina del arte, siendo la lírica la femenina, de esta relación crece el arquetipo de la unidad, y brota el amor como único elemento preservador de todas las cosas. Dice Romero:
“Yo leía mucho a los clásicos, cosa que se debe notar en mi poesía, por una preferencia que le di a la música… preferencia por una rítmica muy ceñida, con una imaginería que yo llamo más escueta, más cerrada…”
A pesar de ser un “poeta social” —idea que nos llevaría fácilmente a prejuzgarlo como un hombre de personalidad avasallante—, su obra posee un fuerte carácter individual, acaso infundido por su actitud austera y por su ánimo parejo y atemperado.
En Elvio Romero no hay una tendencia voluntaria a producir tal o cual efecto. Llega a los poemas que su inteligencia y corazón le dictan, con un glosario inspirado, cuyo caudal pareciera no tener límites. No sólo el talento emana desde sus líneas, sino también la “destreza” intelectual. Al respecto dijo:
“Un poeta tiene que conocer su oficio como un carpintero o un zapatero. No concibo un poeta que no conozca su trabajo.”
Cumple con el principio de acción y reacción de un modo inconsciente: lo que impulsa su poética hacia lo social es a la vez lo que la aleja de lo político. Opinaba que “lo social tiene que ser natural, surge en la medida en que está asimilado, no es una cosa pensada.” De este modo no atormentó sus versos con descripciones forzadas en tal sentido. El resultado de su trabajo no es la simple actitud de la voluntad, sino la carne de la forja varonil del hombre americano —o del fuerte y convencido hombre del cincuenta que la posterior decadencia intenta desdibujar incansablemente—; es la necesidad de un poeta que no se sustrae de la visión ni de la fricción diarias, y las racionaliza con justicia y honradez.
En este sentido Elvio Romero es el mayor poeta del humanismo americano, lineamiento que, dentro de una intención integradora, abarcaría también las obras de los peruanos Alberto Hidalgo y Manuel Scorza, y del dominicano Manuel del Cabral, aunque en los casos particulares de estos, lo social no ocupa un porcentaje tan alto de sus estéticas, sino se trasuntan unas veces desde lo voluntarioso, otras veces desde lo personal.
En cambio, la obra de Elvio Romero cubre con un manto de poderoso lirismo los paisajes oscuros de nuestra sociedad en forma directa, ejemplificadora y hasta feroz cuando el destinatario lo merece.
Aquí, en Buenos Aires, vieron la luz las primeras ediciones de sus libros e hizo de esta ciudad su hogar por más de cincuenta años. Fue aquí donde sus primeros libros se agotaron a pocos meses de impresos, y desde aquí saltó al mundo, a su conquista, para transformarse en un poeta universal: clásicamente castellano, claramente americano y paraguayo en lo hondo.
Su altura, en los primeros renglones de la poesía universal, no se debe a gestiones de favor ni a falsa publicidad.
Elvio Romero fue, para quien les habla, no sólo modelo de hombre, poeta y amigo, sino también ejemplo de coherencia, fidelidad y honestidad.
Revista bilingüe ítalo-castellana dirigida por Ricardo Rubio y Antonio Aliberti. Arte de tapa de Mónica Caputo. Solo salieron cuatro números desde enero de 1988 hasta septiembre del mismo año.
Poetas publicados: Luis Alposta, Jorge Boccanera, Atilio Jorge Castelpoggi, Julio Cortázar, Juan Gelman, Joaquón O. Giannuzzi, José Isaacson, Leopoldo Marechal, Federico Peltzer, Antonio Requeni, Horacio Salas, Roberto J. Santoro, Santiago E. Sylvester, Mario Jorge De Lellis, Alicia Genovese, Amadeo Gravino, Jorge Infusino, Pedro Mairal, Homero Manzi, Esteban Moore, Nicolás Olivari, Alberto Luis Ponzo, José Portogalo, Marcos Silber, Máximo Simpson, Alberto Vanasco, Conrado Nalé Roxlo, Roberto Alifano, Emilse Anzoátegui, Julieta Brizzi, Carlos Enrique Berbeglia, Manuel Mujica Láinez, Luis Raúl Calvo, César Cantoni, Carlos Norberto Carbone, Mempo Giardinelli, Jorge Ariel Madrazo, Hilda Mans, Héctor Negro, Isidoro Blaisten, Roberto Díaz, Hugo Ditaranto, Mariano García Izquierdo, Marcela Giacobbo, Luis Iadarola, Ketty Alejandrina Lis, Luis Luchi, Miguel Oscar Menassa, Fernando Sánchez Sorondo, Gianni Siccardi, Francisco Urondo y Oscar Hermes Villordo.
La Luna Que Nº 11:
Arte de tapa: Daniel Rodolfo Russo. Poemas de Ricardo Rubio, Daniel Rodolfo Russo, Carlos Kuraiem, Alejandro Prieto, Nacho Menón y Emilse Anzoátegui.
La Luna Que… Nº 13:
Número dedicado a la poesía de Carlos Kuraiem. El título se corresponde con una canción de su autoría que solía cantar por entonces.
Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Filial Oeste Bonaerense
Revista Literaria Trimestral Nº 1 – SEP/2007.
En este número: Irma Garone, Susana Lamaison, Gabriela Antón, Norberto Alessio, Juan De Biase, Olga Ferraguti, Carlos Kuraiem, Osvaldo Hueso, Juan L. Ortiz, José Antonio Panizzi, Enrique Sandri, Elsa Gervasi, Jorge Hirsch, María Angélica Cabanillas.
Dirección: Ricardo Rubio
Revista Literaria (Nº 1 – Junio, 2002).
Notas:
Introducción al microrrelato, por Enrique Anderson Imbert; Buenos Aires, por Rafael Barret; La escritura del insecto, por Daniel Battilana; Roberto Di Pasquale y Las Alusiones, por Ricardo Rubio; Jorge Luis Borges por Federico Fellini; “En el museo de adentro”, poema de Luis Benítez.
Directores: Ricardo Rubio y Daniel Battilana.
Ensayos (2011).
Juntadores: Jorge Cambiaso, María Amelia Diaz y Susana Cattaneo.
Prólogo de Leopoldo Castilla.
Gianni Siccardi por Rubén Balseiro
Carlos Alberto Débole por Julio Bepré
Joaquín O. Giannuzzi por Graciela Bucci
Antonio Aliberti por Luis Raúl Calvo
Jorge Luis Borges por Jorge Cambiaso
Roberto Juarroz por Cati Castaño
Alejandra Pizarnik por Susana Cattaneo
Ana Emilia Lahitte por Mirta Cevasco
Leopoldo Marechal por María Amelia Díaz
Ana Emilia Lahitte por Roberto Glorioso
Antonio Requeni por María Granata
Simón Kargieman por Irene Marks
Rosa María Sobrón por María Paula Mones Ruiz
María del Mar Estrella por Carina Paz
Héctor Miguel Ángeli por Cristina Pizarro
Carta para Alejandra Pizarnik por Antonio Requeni
Alberto Luis Ponzo por Ricardo Rubio
Francisco Madariaga por David Antonio Sorbille
Juan L. Ortiz por Graciela Wencelblat
Héctor Yánover por Irene Zava
L.L.Q.S.C.C.L.B. Nº 8, en el quinto aniversario de la revista.
Intervienen: Daniel Rodolfo Russo, Ricardo Rubio, Carlos Kuraiem, Norberto Zuliani, Emilse Anzoátegui, Jorge Enrique Ramponi, Omar Cao, Gerrit Kowenaar, Sonia Valenzuela, Antonio Aliberti, Hugo Enrique Salerno.
Ilustraciones interiores de Neri Segarra y Daniel Rodolfo Russo.
Nota sobre el grupo de música progresiva Tiempo Sideral por uno de sus integrantes, Carlos Torres.