CADA LUZ, de Alfredo Jorge Maxit


14x21, 72 pag.

Poemas (2011). Arte de tapa de Walter Di Santo.

Alfredo Jorge Maxit

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PRÓLOGO de Rafael Felipe Oteriño:

EL PODER ALADO Y SAGRADO DE LA POESÍA

El vocablo griego apeiron está íntimamente ligado a la poesía de Alfredo Maxit. No porque esta poesía exprese las condiciones de indeterminación propias del significado de dicha voz, sino por la decisión de oponer a lo indeterminado el poder edificante del lenguaje. Gracias a dicha condición, es posible saber de su lucha por conquistar zonas de inteligibilidad allí donde hierba, alas, sol, pájaro tienen su dominio y la mente persigue las ondas del sentido. Los poemas son destellos y vislumbres que, al tiempo de la lectura, se convierten en conquistas del espíritu en el proceso de echar luz sobre lo conocido/desconocido que nos rodea. De ahí el carácter reflexivo que ellos tienen, rodeados por los silencios significativos de los espacios en blanco de la página. De ahí las palabras aisladas y los tropos léxicos de invariable sabor semántico. Es que las manifestaciones de la vida, la muerte, el paso del tiempo, la arrolladora duración, no ceden fácilmente a la nominación y sólo se expresan de manera figurada. En este caso, proyectadas en imágenes que, a modo de preguntas incesantes, van conformando el friso de la vida vivida y de la vida presentida: lo que fuimos, lo que somos, lo que se abre y se cierra sobre nuestras cabezas.
Es una poesía en la que el ojo supera al oído y no es extraño que así sea. Porque Alfredo Maxit es un poeta del pensamiento y de la reposada meditación –también lo es de su otra cara: la del dramatismo interior- queriendo decir con esto que se vale del verso como instrumento para ir más hondo y más lejos. Su capacidad para poner al descubierto la condición reveladora de la palabra poética lo muestra como un laborioso explorador de lo indecible. Cada vocablo tiene cabida en el poema por su sonoridad, pero rápidamente se convierte en el haz de luz que busca indagar la huella de lo indeterminado. Hay un poema en el que la introspección, casi al borde de lo críptico, es -con su trasfondo letrado- una puesta en acto del pathos del autor. En apretadas cinco líneas –enriquecidas por la doble ocasión de la palabra cayó (cayó de caer pero abierta asimismo a la dimensión del silencio)–señala el rumbo de la peripecia humana: El árbol del saber cayó los frutos,/ el regio Edén dejó fuera de sitio/ al hombre, la mujer confusos/ de sucedido o sueño.// Heridos de original  nostalgia (“Herida”). El poema muestra la aspiración al conocimiento, seguida de la mortificación que sobreviene a la búsqueda, calificada por el extrañamiento producido por aquello que, paradójicamente, nunca es alcanzado. No se trata de la herida del sujeto-persona-física-individual, sino de la rilkeana asunción de lo propiamente humano en tanto que límite.  La serena aceptación de ese límite y su armonización con las cosas creadas e increadas. Los veintitrés poemas que integran el libro contienen, de este modo, la intensidad verbal de un poeta que ha hecho de la escritura de poesía su conmovido “estar en el mundo”.

                             Rafael Felipe Oteriño

Rafel Felipe Oteriño

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