EN BUSCA DE QUE ME NOMBRES, de Paola Saborido

En busca de que me nombres

14x20, 72 pag.

Poesías (2003).

PRÓLOGO de Esteban Ierardo:

Es la poesía la escuela de la metamorfosis. De la hechicería verbal que busca que el humano sensible se transforme en el mundo contemplado. John Keats creía que un poeta al ver una nube se convertía en esa nube. Creencia en la fusión entre lo cantado y el ser que líricamente canta.
Esta magia rítmica de lo poético acontece en la incipiente llama de la poesía de Paola Saborido. Esta joven poetisa argentina oficia como la hechicera del cambio mágico y el oído que escucha lo secreto. Sus versos fluyen enzarzados como ríos de notas de una única melodía. Un único aliento de música de palabras donde la poetisa atraviesa el espacio con un pathos ascensional: «me aventuro hacia el sol/ como el corazón de un ave». Este volar es un acercarse a una fisura desde donde pensar lo no evidente. Atravesar ese portal despejado es ir hacia una «tierra luminosa/ concéntrica» y hacia «un abismo enclavado en lo umbrío del suelo». Una vez allí, la poesía de En busca de que nombres, es la emoción anhelante que deviene «lágrimas de nubes»; y es «centinela junto al viento». Formas de la piel poética desde la que puede escucharse la vida sutil de los laberintos del tiempo.
Y cuando la piel se hace tacto que roza y toca el mundo con caricias extrañas, se aviva el deseo de la mujer poeta de la metamorfosis mágica y trascendente: «a veces quisiera transformarme en luna/ o tener estrellas que jerarquicen mis tobillos».
La poesía de Paola Saborido es ejemplo de esa poética que siempre aspira a que el universo sea calor y figura dentro del cofre del propio cuerpo. Incendio de la vastedad en el altar de los huesos.
La poética de En busca de que me nombres no es palabra quieta, sepultada en la inmanencia del puro decir formal. Por el contrario y por una fortuna a celebrar, sus versos no son jardines vacíos sino una nueva contorsión del ala de la única poesía que, con brío inevitable, sube hacia lo lejano y hacia los filamentos de un olvidado manantial secreto.
Esteban Ierardo

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