CON MI TRANSPARENTE EQUIPAJE DE AGUA Y FUEGO, de Nélida Delbonis

14x20, 64 pag.

Poesía (2001).

Fotografía de tapa tomada por la autora. Ilustraciones interiores de Mónica Caputo.

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PRÓLOGO de María Rosa Maldonado

De poco sirve el espejo para verse, saber de sí mismo. De poco sirve fijar la mirada en aquello que nos muestra separados y únicos. Somos un puzzle de infinitas piezas donde el mundo y los otros no son la menor parte. Y además transcurrimos, andamos como locos, con nuestro “transparente equipaje de agua y fuego”, bajo el “desfile alucinante de estrellas”, por el vasto espacio de lo posible, en una veloz arquitectura de nubario.
Puro pre-texto, líneas que se entrecruzan en el revés de una trama que se expande hasta los confines, enigma para nosotros mismos, preguntas que nunca serán contestadas.
Pero aquí viene el poeta, o mejor dicho, el poema, y el caos, por un instante, se hace palabra, y la palabra sentido. Tal vez algún dios ha susurrado algo. Ha susurrado? Hemos creído oírlo.
La desmesura entra en el corazón y sale por la boca, por la mano, hecha tabla.
Habrá que creer, aferrarse fuerte y decirlo todo, como se pueda. Poner orden en la casa, o sea, en el cuerpo, ordenando el otro cuerpo, la verdadera materia humana, la palabra.
Metidos en el vértigo, hacer música.
Y Nélida hace música. Música para convocar a los muertos, atraer la luz de la memoria donde la imagen del espejo muestra otro rostro, una máscara?, “dos niñas de la mano”?, “una región anterior a la luna”?.
El dolor se transforma en belleza por el canto. Y el canto lava y cura ese “cuerpo atravesado por señales rojas”, lo devuelve al sitio anterior a la separación. La palabra es alimento, carne consagrada que el deseo ronda para saciar su nostalgia de absoluto.
Los poemas de Nélida traen hasta nosotros “luz de jazmines”, “cántaros de lluvia”, un “ardiente huracán”, ese “día extendido por el agua”  donde “la noche nunca termina de llegar” porque el tiempo se ha detenido.
Contra “la conjura del día y la noche” que todo lo  lleva, la maravilla de la poesía levanta su propia conjura, todo lo reúne y rescata. “Florezco -dice Nélida- en ese jardín de locura/ un viento infinito emerge/ con su carga de niebla/ rompe el cristal…”.
Romper el cristal, pasar al otro lado de las apariencias, ver que “la hierba es un lago”, que “las flores con sus cutis humanos extienden sus ojos por la esfera”, que “hay un punto/ ligero como un suspiro/ donde no existe la muerte”.
Escribir el poema es hablar solo, a veces de cara a la pared, buscando con toda la intensidad de la propia vida, los sonidos de la vida, el acorde de las esferas del que hablaban los pitagóricos. Después vendrán  los otros para recrear lo dicho, cada uno con su respiración diferente y necesaria.
Es posible que, como dice Antonio Machado, quien habla solo espere hablar con Dios un día. Dios, a su vez, responde Nélida, no deja de nombrarnos.

María Rosa Maldonado

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