ANTIFONARIO DEL GRIAL, de Long-Ohni

Long-Ohni

11x17, 72 pag.

Prosa poética breve (2010).

Long-Ohni

Long-Ohni

EPÍLOGO:

Anotación sobre Antifonario del Grial, por Fernando Sáchez Zinny.

La antífona es una melodía generalmente corta y sencilla, utilizada para el canto de un estribillo que precede y sucede a himnos o salmos de la liturgia católica; quienes cantan son, indistintamente, los fieles asistentes al oficio o bien el coro que alterna esas intercalaciones piadosas con los ver-sículos que expresan la ofrenda propiamente ritual. Esta manera de rendir loor al objeto de culto es conocida como estilo antifonal y también se le suele llamar “salmodia antifonal”, por su asociación estrecha con los salmos que constituyen el núcleo de los cantos religiosos. Se trata de textos en bajo latín, metrificados ya al uso moderno, según sílabas, y aun cuando a veces su uso se evade de lo estrictamente litúrgico, la vinculación religiosa siempre permanece.
Hay dos tipos de antífona: la salmódica, ya mencionada, y la libre o “melismática”, simple rezo o invocación que se interpreta musicalmente con prescindencia de versículos asociados. Estamos hablando, por supuesto, de cosas de la Edad Media, de costumbres o modalidades que hoy sólo subsisten merced a la sublimación del arte, o atesoradas en el silencio de bibliotecas con-ventuales, bajo la forma de manuscritos llamados Antifonarios. Allí, palabras del latín tardío y la rudimentaria notación “cuadrata” quedan como testimonio de esa fuerte devoción que supo inflamar a las multitudes europeas.
Es siempre una reiteración del petitorio o de la oración, una suerte de ruego para que la tarea o la voluntad divina se cumplan. En la proyección actual de lo que entendemos por religiosidad y atenidos al orden de ideas y espiritualizaciones que se ha hecho general, resulta hoy fácil conceder dimensión simbólica a esta mención de la antífona como trasunto de una deseable plenitud. Silvia Long-Ohni, adolescente en la época en que redactó estos textos, naturalmente no podía escapar a la tentación de asumir ese sentido, llevada, en aquel entonces, por la imponente revitalización mística y ocultista registrada en los Sesenta del siglo pasado, vividos por ella con tanta intensidad, años ilustrados, como cabe recordar, por el regreso a tambor batiente de templarios, alquimistas y brujos, todos bajo la inhallable sombra de Fulcanelli y resguardados por el rampante anticientificismo de esos días.
Lo del Grial es harto más conocido y también más inmanejable: se trata de un copón que habría sido el vaso de Jesús durante la última cena -y, por ende, primer cáliz- que se supone llegó a las manos de José de Arimatea, quien en él recogió la sangre del Salvador. Llevado más tarde a Britania, está por ahí, extraviado entre las brumas de esa isla, y hay que buscarlo, cometido del que mucho se ocuparon los caballeros del rey Arturo. El Grial es uno de los símbolos más complejos del entramado mítico occidental y engloba, en principio, dos contenidos diferentes en torno de los cuales aparecen otros diversos. Ellos son el propio Grial y su búsqueda, que es una imagen del destino humano y natural en cuanto agente de la obra creadora. En la leyenda, Arturo, mantenedor del secreto del Grial, ha pecado y su castigo es padecer una misteriosa enfermedad que lo paraliza igual que a todo cuanto lo rodea. El conjunto vital se ha vuelto impotente, inerme: hombres y animales han dejado de procrearse, los árboles no dan frutos, las fuentes se han secado. Percival (Parsifal) interroga al rey: -¿Dónde está el Grial?; en ese instante, el monarca se levanta y la naturaleza se regenera.
Pero, por haber contenido la sangre de Cristo -lo que no es poco, sin duda-, el Grial posee otro simbolismo paralelo y seguramente mayor: se dice que fue tallado por los ángeles en una esmeralda en que coaguló el sudor caído de la frente de Lucifer en el momento de ser precipitado al abismo. Por ese motivo, y así como María nos redime del pecado de Eva, el Grial redime de la culpa luciferina, de la soberbia de querer ser Dios, de ser dueños de su omnipotencia y de su omnisciencia.

Fernando Sánchez Zinny

Aunque en niveles distintos, ambos significados coinciden en que la pérdida del Grial es la pérdida de la conexión con lo que es, y de ahí la importancia de reencontrarlo. Cabe agregar que para algunas tradiciones, él representa tanto un vaso y una patena en la que se expone la hostia (grasale), como un libro (grasal) en el que se guarda la predicación y la sabiduría, razón por la cual su búsqueda es una empresa doble incompara-blemente más ardua que la persecución interminable que protagoniza el “cazador maldito”, pues mientras éste acosa únicamente las formas fenoménicas del ser y del no ser, quienes van tras el Grial encarnan asimismo el anhelo de alcanzar el centro, lo invariable, el Primer Motor Inmóvil al que se refería Aristóteles; en fin, para la noción occidental, la aspiración de llegar a Dios, razón de todo. Es bajo la determinación de estos dos simbolismos superpuestos que es depositado en la mesa de los caballeros, en la “Tabla Redonda”, convertido en alegoría del cielo, del poder protector y de la comunicación con lo divino.
Long-Ohni ha querido expresar, al amparo de estas asociaciones medievales, la angustia y perplejidad de su juventud atada a una instancia de negación de lo sustantivo y de fragmentación del hombre, deseosa la autora de manifestar una unidad trascendente entre creador y criatura, empeño, tal vez, de imposible expresión literaria, lo que justifica esa opción por lo gótico, en la que va implícito un puñado de acepciones clásicas pero probablemente arbitrarias (arte “gótico”: arte de Dios, pues gott es dios en germano, y entonces “argot”, no sería ya mero lenguaje oculto sino oculto lenguaje de Dios). El resultado está en el género y en el estilo indefinibles de estos apuntes poéticos que ha denominado “protohistorias”, como forma de clasificación tentativa. No se trata de cuentos ni de prosa poética, ni admiten ser descriptos como puramente poemas y, sin embargo, exhiben las características de todas esas sustantivaciones adjetivantes. Parece evidente que el objetivo fue el de intentar aludir a casos que indicasen una ruta viable hacia el escondite del Grial es decir, hacia el hallazgo de la razón divina mediante lo que el hombre puede hacer, siendo entonces el término “antífona” sinónimo de “canto”, es decir de poesía en un sentido trascendente: poesía es todo lo más que el hombre puede hacer, pero no lo es todo, porque siendo denominación no es origen: tal vez inconscientemente. Long-Ohni vendría a recalar aquí en el viejo apotegma de que el poeta es un pequeño Dios, incapaz de crear.
Las revelaciones, entendidas como tales, nece-sariamente han de ser poéticas y si se las quiere ver como historias, de alguna manera han de ser siempre cuentos, en tanto entrañan acción, conflicto y desenlace, aun cuando la verosimilitud sólo sea posible, a su respecto, desde la óptica de la fe, la creencia o la esperanza. La irreductible ambivalencia que las habita hará, a la vez, que, sometidas al análisis de la racionalidad, en cada texto el lector ansíe encontrar claves diminutas pero delatoras de otras mayores que, a despecho de la oscuridad propia de lo hermético, faciliten atrapar la resbaladiza condición de ese pez ondulante.
Me atengo a esa actitud: por ejemplo, no me parece casual que el personaje de “Resurrexis” se llame Giorgio, es decir, Jorge. Sabemos que San Jorge mata al dragón y que su fuerza y poder se respaldan en la fe. El dragón es el poder maligno, luciferino, y se relaciona con el mito del Grial en tanto su posesión inmoviliza y merma todo (el dragón devoraba ovejas y personas hasta la previsible extinción de ambas especies que también simbolizan el todo: el pastor y la majada). San Jorge mata al dragón y pide en compensación que el resto del pueblo se bautice, es decir, se revista de Cristo. Este es el inicio del Antifonario. A mi ver, en esta breve “protohistoria” procúrase decir que debe abandonarse el orgulloso deseo de conocer el sentido de la existencia mediante el ahondamiento en lo fenoménico y seguir, en cambio, el camino de la gracia. La clave sería transparente, según leo: “Dejó unos cuantos principios y se trepó en una nube. Amén”.
A “Génesis”, por su parte, lo hallo vinculado con la mujer y el fuego, que son tres fuegos en el plano divino. Así como la mujer remite al origen y a la vida, el fuego se emparenta con la nutrición, la vitalidad, la transformación y la purificación, que alcanzan también a lo espiritual, claramente designado, sin ir más lejos, por el número tres. El fuego es un demiurgo procedente del sol y contiene en sí la idea de fecundidad. No es de extrañar que en muchos ritos aparezca el uso de hogueras, ascuas, antorchas y cenizas, sobre todo para rogar por el crecimiento de las mieses.
Los alardes ígneos perpetuados en la tradición popular -las hogueras de San Juan, los fuegos artificiales, los árboles con lucecitas de  Navidad- han tenido como finalidad asentar la majestuosidad de la luz y su triunfo sobre el mal, o sea las tinieblas; son residuos de una voluntad antigua de exorcizar al principio de la verdad luminosa de la traición que le infirió Lucifer, el “portador de la luz”, devenida para él en cegadora condena, ciertamente merecida y ciertamente evitable, si la humildad hubiese acompañado al despejo, proposición cristiana a la que Long-Ohni se adhería con convicción notoria, al igual que lo hizo siempre su mentor impreciso, Leopoldo Marechal.
Otro fragmento de este Antifonario… que me ha hecho pensar y reconocer fecundas incertidumbres es “Los tres lamentos de Jonás”, nombre que, vale la pena señalar, equivale a “paloma”, lo que nos remite, inevitablemente, a aquella lanzada al vuelo por el padre Noé. Es perceptible en ese tramo que los tres lamentos son simultánea metáfora de la vida del rebelde profeta y también de los tres días pasados por él cautivo en la panza de la ballena, castigo que le fue aplicado para que reflexionara y se arrepintiese, figuración, a juicio de los exegetas bíblicos, de los tres días que duró el calvario de Cristo, igualmente simbolizable como “paloma de reconciliación”.
Estas acotaciones no pretenden ser más que hitos indicadores de que hay caminos practicables para la comprensión de ciertos enigmas, de que no todo es sombra oscura a propósito de estos textos apasionados, desafiante colección de escritos concentrados con los que, desde la perspectiva de aquella religiosidad cultural y juvenil, se intentó explicar la historia del origen y, de esta forma, conjurar la angustia del vacío.

Fernando Sánchez Zinny

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COMENTARIO de Boris Frontera:

“Micromegas” es una colección de la editorial La Luna Que dedicada a dar a conocer textos breves, con la obvia intención de que esa pequeñez no redunde en paralela nadería o en insignificancia en cuanto a intensidad. Es de creer que, por el momento, ese objetivo se va consiguiendo y ese hecho nos alegra. Antifonario del Grial, nuevo libro -o librito- de Long-Ohni pertenece por méritos propios a esa colección, en la que ya la autora publicó los notables haiku reunidos en Hai.

En esta ocasión juega con un medievalismo trascendente, hecho de iluminaciones y de ritos iniciáticos, muy de los años sesenta -época de la que provienen los originales de la obra, según expresamente se previene-, pero muy joven y actual merced a la enorme carga poética profusamente dispersa en estas páginas, de muy difícil elucidación si de determinar el género al que pertenecen se trata: cabe que sea una invocación religiosa, o bien apuntes de una adolescencia enancada en los sueños, o, acaso, poesía simple y pura, de candentes simbolismos y atenida al desgarbo de una prosa en la que entran todos los ritmos y todos los horizontes.

En reiteradas ocasiones, Long-Ohni ha dado muestras de un talento polifacético, tanto como poeta, como narradora o como ensayista sagaz en temas literarios, psicológicos y históricos; Antifonario… puntualiza, para un lector atento, los orígenes de esa multiplicidad expresiva y afectiva y  testimonia un tiempo en que todavía no estaba definida en sus vías actuales.

Boris Frontera


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LIBRO DE EPITAFIOS, de Fernando Sánchez Zinny

Libro de epitafios

11x17,96 pag.

Poesía haiku (2010).

Fernando Sanchez Zinny

Fernando Sánchez Zinny

ANTOLOGÍA POÉTICA, de Rolando Revagliatti.

Antología poética de Rolando Revagliatti.

14x20, 160 pag.

Antología poética de Rolando Revagliatti. Selección y prólogo de Eduardo Dalter. (2009)

PRÓLOGO de Eduardo Dalter:

NOTICIAS

La obra poética de Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945), por lo menos la que nos motiva a este trabajo, se vivenció y escribió en el lapso que va desde la aprobación de las leyes de obediencia debida y punto final (mes más o mes menos) hasta su anulación por brutales e increíbles, y aun algunos tramos más acá. O sea, en años en que la democracia turca, o virtual, o como se le llame, dejó un pozo, entre el cablerío cortado y la pared caída. Tiempos, recordemos, de los grandes desembarcos y de las apuestas mayores, también en la cultura, con su producción de humo y de reflejo. Una realidad que el poeta fue entendiendo, y digiriendo, también como una demasía para él solo, pero tampoco quería ponerse a vivir por nada, y se entiende, en la queja de bandoneón y en la derrota. Y de ahí su paso, su vibración y su actuación sin tregua, que son muestras palpables de un nervio a cielo abierto, pero también de una herida palpitante; y así lo hemos observado más de una vez en el silabeo, a veces grave, a veces sobreactuado, de sus poemas, que van colmando el espacio con su gracia desinhibida y tensa. Así, a menudo, su poesía termina derivando en el sainete, un sainete atravesado, y condenado, de abismo y de vacío. Un modo, con una intimidad, que el poeta escogió sin más para dialogar y representar una realidad (y una trizadura, un aire), por momentos más cercana a la absurdidad, que, está visto, lo golpea y lo estremece. Un poeta que escribe —tantas veces así lo imaginé— contra las cuerdas, a veces mirando conmovido al ring-side, sabiéndose solo, para sacar finalmente, apoyado en ese espaldar de sogas, su seguidilla de golpes más precisos. Otras veces, no pocas, seguramente en la calma de su hogar, en tardes o noches lentas, el poeta juega, ríe, se da un respiro, como quien avanza en las páginas vacías, no para más que por eso mismo y para situarse mejor en su trabajo, donde la materia prima es su propio cuerpo, su propio tiempo, el tiempo de todos, comprendiendo que el juego, el sainete de los cuatro vientos nacionales, es serio, muy serio. O bien sale a caminar, a embeberse del aire de parques tan distintos, indagando en las grietas, y regresando, bajo su camisa y su pantalón puestos a prueba. En este camino, que es andado y demarcado en poema y poema, el poeta deja traslucir sus costumbres y tonos de familia y sus ancestros, y en este ejemplo, su intención, sus lugares, su voz, son muestras elocuentes y extrañas, o muy de estos tiempos, de tejidos rotos y huellas entrecruzadas, y donde más que los trayectos y procesos de la historia de una lírica, y de una mística, hay la conjunción de los materiales más diversos, en sorprendente apareamiento, del sacudido y contemporáneo mundo. Ahí aparecen, como vecinos de sus calles, y como tíos mayores y maestros, Nicolás Olivari y Julio Huasi, tantas veces abrazados o fundidos, muy en Rolando, en una u otra esquina, desde el humor y la pincelada suburbana hasta esa tensión insinuada crispación, que, con fondo de hora pico, pueblan la escena y la mirada del poeta. Una confluencia, la continuidad de un curso, no exentas de apoyaturas, que han venido confirmando un campo singular en el marco abierto de la poesía porteña. Entre sus diversos y tensados poemas, entre lo significativo de su salsa, obrando como verdaderos carnets de identidad de su obra —y además hábitat de crecimiento de este trabajo—, surgen por sí solos al recuerdo poemas como: demasiado yo para mí solo; el que refiere a la sartén (por el mango); el que atañe a las rameras y a la policía de sus cuadras; el dedicado al Episcopado o el que ahonda en su fastidio, y, entre algunos otros de la lista, finalmente, ese poema-declaración en que el poeta, otra vez en los bordes, o más allá, esgrime su arma cargada de defensa. Rolando Revagliatti, un poeta de flores, un poeta en los límites, un poeta dramático.

Eduardo DalterBuenos Aires, 2008

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COMENTARIO de Fernando Sánchez Zinny

Libro hermoso y merecido, tanto por quienes amamos la poesía como por su autor, personaje de Buenos Aires que, arquetípicamente, une a la no elegida condición de poeta, la voluntad generosa de vivir esperanzado. Llega esta obra, además, en instancia por demás adecuada para ensayar un amistoso homenaje a su continuado y noble ejercicio de la poesía. Hace más de cuarenta años que Rolando Revagliatti sigue ese camino, canario incansable enjaulado en un patio ruidoso y desatento. Contra viento y marea, se lo escuche o no, él es siempre él, atenido a un ritmo único y consistente, a una monotonía que sólo explica una gran convicción.

Se le debe, sin duda, un trabajo de exégesis y de determinación de asociaciones y significados y es evidente que esta compilación, seleccionada y prologada por Eduardo Dalter, constituye una excelente herramienta pasa encarar esa labor. Desde siempre, Revagliatti ha desechado imágenes y cadencias y permanece contraído a entreverar ideas encapsuladas en ironías tristes. Eso es él y no es otra cosa y resulta realmente ejemplar la constancia con la que se aferra a ese molde, constituido ya, por persistencia, en entidad metafísica. Y así su voz alcanza una originalidad extrema, pues nadie hace lo que él hace. Como Antonio Porchia, ha inventado un idioma para hablar consigo, un intransferible código ensimismado. Por qué lo hace, qué lo llevó a elegir esa vía austera, a pulsar esa guitarra de una sola cuerda, es asunto ignoto: diríamos, con Machado, “quien habla sólo espera hablar con Dios un día”, pero lo callamos, temerosos de que ese verso apenas si provoque en Rolando una sonrisa melancólico.

Fernando Sánchez Zinny

POESÍA EN TRÁNSITO, antología poética

Poesía en tránsito, antología bilingüe castellano-portugués.

14x20, 224 pag.

Antología poética bilingüe de poetas argentinos y brasileños.