POEMAS DE CELULOIDE, de Rolando Revagliatti

12x20, 40 pag.

Poesía (1998).

Arte de tapa e ilustraciones interiores de Mónica Caputo.

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EL REVAGLIASTÉS, de Rolando Revagliatti

El revagliastés

11x17, 32 pag.

Antología poética personal (2006).

Nº 12 –  Colección Federal “Poeta Joaquín Giannuzzi”.

 

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en la ciudad de Buenos Aires. Además de los quince poemarios, publicó un volumen que reúne su dramaturgia (“Las piezas de un teatro”, 1991, y con segunda edición electrónica de Nostromo Editores en 2005), y dos con cuentos y relatos (“Historietas del amor”, 1991; “Muestra en prosa”, 1994). Fue incluido en una treintena de antologías de poesía de la Argentina, Brasil, Chile/México y la India. Ha sido traducido a diez idiomas y así difundido en publicaciones periódicas gráficas y digitales de numerosos países de América y Europa. Presentó espectáculos teatrales en base a textos poéticos de un centenar de autores, la revista oral de literatura “Recitador Argentino”, ciclos de poesía, eventos literarios, “La Anguila Lánguida” Muestra de Poesía 2004, y editó las colecciones “Olivari”, “Musas de Olivari”, “Huasi”. Es coordinador de talleres individuales de escritura. En http://www.revagliatti.com.ar se hallan instaladas ya fotografías en las que son advertibles varios cientos de escritores, en su mayoría poetas argentinos que han participado en sus propuestas. Durante 2005 ha presentado a poetas no residentes en Buenos Aires y aledaños, en un segmento del Café Literario “Último Infierno”, auspiciado por APOA. Permanecen inéditos sus poemarios “Viene junto con” y “Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo”.

SOPITA, de Rolando Revagliatti

Sopita, poesias de Rolando Revagliatti

14x20, 64 pag.

Poesías de Rolando Revagliatti.

Prólogo de esta edición:

Rolando Revagliatti

SOPITA  ESPESA  DE  LA  MUSA

o REVAGLIATTI  RELOADED

por Ricardo Rubio

“Escribir con orgullosa soledad,

con la violencia de un cross a la mandíbula,

con sudor de tinta y manos fatigadas,

hora tras hora, hasta que los eunucos bufen.”

Roberto Arlt

La estética basa su estudio o parecer en un sistema de relaciones muchas veces arbitrario, tanto como arbitraria pueda ser la mirada de un hombre. Una nota musical puede resultar bella o puede producir un disgusto según el lugar que ocupe en un pentagrama, según las notas que la precedan o procedan, según su duración o el lugar del planeta en donde se ejecute, o según el ocasional oyente. Del mismo modo sucede con un paso de baile, una pincelada de color o una palabra. En poesía, precisamente, es la palabra y su relación con las otras que concurren al texto —no sólo semántica sino también sonora—, las que proponen la estética, más valiosa cuando las novedades de fondo y forma se reúnen para individualizar el preciado estilo.

A lo largo de una extensa obra compuesta por más de quince títulos de poesía (también ha publicado teatro y narrativa), con sus muchas reediciones, Rolando Revagliatti ha hecho de la minuciosidad compositiva el norte de su mirada poética. Cierta preciosidad fónica, ciertas elecciones de vocablos, que según los varios significantes señalan la ironía del doble juego, ciertas escenas y personajes, cercanos y lejanos, raramente buscados por otros autores, son los recursos con los que edifica un arquetipo poético distinguido como individual, de ningún modo cerrado al juego lúdico con el ocasional lector, sino más bien lo contrario.

Suspicacias sí, sintonía fina y justeza verbal que suscribe un modo muy particular de transferir (y transgredir), un sistema aún más distintivo que los ya conocidos: en Luchi, a través de la mordacidad; en Huasi, con las torsiones y los neologismos; en Constantini, con el ingenio y el juego del doble sentido; o en Girondo, con las ocurrencias extravagantes; aludidos sin ánimo de homologar estilos, pues estos poetas han sido únicos del mismo modo en que Revagliatti lo es con la suspicacia de las reticencias a veces cáusticas y muchas veces críticas, aunque siempre joviales; un modo nada despiadado de señalar con el escalpelo hacia las actitudes y conductas supuestamente ominosas de nuestra civilidad más cercana con sus múltiples prejuicios.

En algunos poemas de “Sopita” nos encontramos con notables distingos del tono al que nos tiene acostumbrados: el mordaz, el sardónico y el picaresco, que dan lugar en una gran parte del libro, la primera, a una razón ardiente casi nostálgica y reposada; composiciones que exponen al evocador, al memorioso repaso de quien evita motivos o justificaciones para presentarnos el paisaje exterior e interior de la circunstancia del recuerdo, eludiendo con ajustada síntesis y vivas alusiones varios grados de follaje intimista, pese a llevar los ojos a pretéritas fotografías no tan pretéritas (se me perdone el epíteto, de hecho, toda fotografía es del pasado).

Ya se ha manifestado la posibilidad de esta pluma en muchos de sus versos como algunos que recuerdo al pasar: “Murió / dijo la radio…” (en “Ripio”), referido a la muerte de Nicolás Olivari, o el que cita que “ya estoy medio muerto” (en “Desecho e izquierdo”), entre otros del mismo color intercalados en sus libros. En cierto modo, salvo unos pocos poemas, “Pictórica” es la colección que  tiene una cercanía posicional a “Sopita” en cuanto acto entre observador y cosa observada, pero no parentesco, que tampoco tienen “Obras completas en verso hasta acá”, “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):”, “Ripio”, “Corona de calor” o “Desecho e izquierdo”, elaborados mayormente con el estilo personal e innovador que le es característico. Encontraremos que el poema “Sopita”, que da nombre al libro, guarda una relación estrecha con ese tono.

La anticipación a los poetas de su tiempo, que lo caracterizó desde las postrimerías de la década del sesenta —pese a editar más tarde—, continúa aún en la plena vigencia. Si bien la liberación de la formalidad protocolar del verso (el decoro, la mesura, la prudencia, etc.)  y el uso de un lenguaje excesivamente coloquial gana los renglones de los poetas más jóvenes, en Revagliatti subsiste el respeto morfológico, la clarificación del concepto que no cede a devaneos, la construcción fónica que se vivifica y se comprueba con la oralidad y el extremo cuidado de la forma, cosas que en la actualidad otros poetas descuidan quizá demasiado en virtud de malas identificaciones con poesía traducida e inútiles esfuerzos de vanidad, que es mucho más frecuente que el talento. De modo que, con un carácter moderno, audaz y vanguardista, nuestro poeta aún mantiene su cruzada (avanzada), es decir, la posta de la originalidad, reuniendo creatividad, psicologismo, ironía y atrevimiento que, claro, no es poco.

                                                                                                                                                                                           Ricardo Rubio

OBRAS COMPLETAS EN VERSO HASTA ACÁ, de Rolando Revagliatti

Obras completas en verso hasta acá, poesías de Rolando Revagliatti

14x20, 128 pag.

Poesía de Rolando Revagliatti (2007).

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YO TAMBIÉN LEO Y ESCRIBO (1)

            Cuando en “Una noche con Hamlet”, Vladimir Holan -aquel estupendo poeta checo- dice: –Veo un hombre y lloro, Revagliatti -mediante un imaginario contrapunto- lo reconvendría: –Donde ponemos la agonía/ algo/ no cabe.

I

           Ha de constar que no soy un experto en la obra de  Rolando Revagliatti y todo aquello que desde “su acá” hasta “mi acá” suceda y se transcriba, deberá ser entendido en función de un aprovechamiento activo de su escritura y de un diálogo donde prevalecerán la indagación y el intento de resaltar algunos tópicos.

A fines de los ‘80 llegó a mis manos la primera edición de estas “Obras completas en verso hasta acá”, de Ediciones Filofalsía. Recuerdo la dificultad que me plantearon dichos textos. No podía con ellos. ¿Qué buscará este señor?, me dije, yo, frecuentador de poetas argentinos de las décadas de los ‘40 y ‘50 y por ende, acostumbrado a una poesía en la que predomina en mayor o menor medida el sesgo surrealista. Por otra parte, tenía bien leídos a Girri, a Giannuzzi, a Gelman, a Olga Orozco, a Pizarnik y sabía que los poetas jóvenes solían encolumnarse detrás de estos nombres.

Ya el título de uno de los poemas de Revagliatti me resultó extraño: “Los papás queman”: una joda, a éste le sobra la plata,  pensé.

Sin embargo, el apellido del poeta aparecía aquí y allá: en revistas de poesía, en publicaciones que llegaban del interior del país, se lo veía en algunas antologías: sus textos circulaban.

Sé que no es infrecuente que la obra de un autor se muestre  refractaria a  las primeras lecturas,  le pasa a mucha gente.

Cuando conocí a Revagliatti en su ciclo de poesía “Julio Huasi”, en el año 2001, me encontré con un hombre serio pero cordial, de trato amable y muy respetuoso con los poetas convocados.  El suyo fue uno de los ciclos que más me entusiasmó. Llamaba  la atención su forma de recitar: teatral, su gestualización era seca y controlada, con una tensa apoyatura en el silabeo de algunas palabras, y un tono que se sostenía y regulaba mediante pausas inesperadas: al margen de su pintoresquismo, se trataba de un sujeto fogueado en el arte de leer en público. Intercambiamos sendos libros esa noche y a partir de una nueva lectura (me había obsequiado su poemario Tomavistas), comprendí que existía otro modo, por demás válido, de relacionarse con el fenómeno de la poesía.

 II

           Si la  poesía y la narrativa respondieran a parámetros equivalentes, yo propondría este subtítulo para las OC de Rolando: novela de iniciación.

Es que, precisamente, y en tanto relato, se han puesto en marcha fragmentos de una historia personal, se ha establecido un diálogo con padres, novias, abuela, maestras, se han recorrido los espacios y las modas que cifraron un aprendizaje y una pertenencia adolescente. Pero el tema excluyente es el de las relaciones humanas.

¿Cuánto de seducción habrá en esta escritura? Por lo pronto, no la habitual, no la conocida y devaluada; y, desde luego, no parece casual la insistencia de su autor por licuar cualquier mirada complaciente. Dentro de un esquema donde el chiste, la ocurrencia y lo caricaturesco se despliegan con desigual fortuna,  y más allá de los procedimientos que, consciente o inconscientemente,  Revagliatti hubiere incorporado, una sombra deseada sobrevuela sus textos: la del lector estupefacto. (“Un globo ocular estupefacto”, así concluye uno de los poemas.)

 III

           Cuando yo medio no existía/  yo era demasiado yo/ para mí solo.

He aquí uno de los primeros indicios del programa de apertura que Rolando eligió para su obra. Programa  que se fue consolidando a través de una práctica minuciosa y consecuente. Gran difusor de publicaciones propias y ajenas mediante el correo postal en épocas en que no había Internet,  presentó espectáculos teatrales en base a textos poéticos, coordinó ciclos, eventos de poesía, talleres literarios,  y desde el año 2005 tiene un sitio en la web.  A propósito, hay más de 2000 páginas del buscador Google donde recabar información sobre su obra.

Aquel abundante yo del fragmento arriba citado debía hacerse carne.

A esta altura, muchos de quienes lo conocen deben tener una sensación similar a la mía: me resulta difícil prescindir del recuerdo de sus recitados cuando comienzo a leer sus textos. El oído, impregnado de las modulaciones de su voz,  parece asociarse con una suerte de deja vù poético;  me sucede incluso con poemas que jamás le escuché. Todo apunta a la vitalidad en la poesía de Rolando.

 IV

           Inmanencia es una divinidad terrestre que inventé hace un tiempo,  y a quien imaginé dispensadora de dones especiales, como  las delicias del amor, las peripecias conyugales, las temperaturas agradables, la saciedad, los juegos…, es decir, eso que en tanto Diosa le competería. ¿No la han visto atravesar descalza los jardines de la casa de Rolando? ¿No se percataron que charlaba con Nicolás Olivari, con César Vallejo (ni una lágrima en ellos) y con un Oliverio des-solemnizado hasta los tuétanos? Inmanencia,  la Diosa,  hacía su trabajo.

Y el poeta, por su parte, espigaba unas líneas a su  amada:

“Seguirla”:  Se refugió la perinola de tus pretensiones/ en el cuchitril de mi indolencia/ halló la calefacción exigua/ que dejaba en la almohada mi cabeza//

Me arrojé a mis brazos/ cuando supe en lo hondo/ que maltrecha y dormida me esperabas/ para seguirla/ todavía.

No tocamos una cuestión menor cuando, remitiéndonos a algunos conceptos de Harold Bloom, pretendemos señalar   precursores en la poética de Rolando Revagliatti.

¿De qué se apropia nuestro poeta, qué rechaza, en qué medida la tradición deposita una antorcha en sus manos para que su poesía avive o desmerezca el fuego?

Olivari, Vallejo, Huasi, Girondo, no conforman una línea de cuatro impasable y, sin embargo, defenderían  buena parte de la forma expresiva que eligió Rolando (eligió, en este caso, vale tanto como decir  fue elegido).

Decíamos de aquel jardín despojado de los lamentos de  Olivari y Vallejo, lugar donde  Girondo no pudo ser solemne: ellos donaban familiaridad,  materia vinculante.

Rolando, desde una absoluta inmanencia, ha capturado ciertos datos, ciertos significantes de estos inolvidables poetas, aunque en un aspecto tan particular que las conciencias desgarradas de Vallejo, Huasi y Olivari no vuelven  recicladas, infladas de sí. La problemática es distinta, el drama, otro. Drama que a partir del título delimita un “hasta acá”, como dando a conocer el campo operativo de sus conjuros poéticos.

Hablo de una riqueza desplegada en estas OC.

 V

           Mediante la vena amatoria, Revagliatti ensancha su registro desde lo que podríamos llamar su orilla más  convencional hasta su ampulosidad más fervorosa. Subordinado al discurso coloquial (peripecial y/o lúdico)  el tema del amor frecuenta su poesía, particularmente en las secciones “El fotógrafo cargado” y “Espasmitos espantosos” :

“Como”: Qué bueno que el amor/ se imponga en el poema/ qué bueno que qué bueno/ yo te poemo como te amo/ te poamo.

“¿Tropezón?” (estrofa final): No me embauqués/ cuando no sea tu propósito hacerlo/ desprestigiáme de a poco/ ante mí/ prestigiáme de golpe/ tropezáte conmigo una vez/ que después siempre.

Veamos qué dice Rolando de su poesía:

          -“Aun esmerándome no me imagino alcanzando una abarcadora definición de mi poesía. Sé que abunda el sarcasmo, la ironía, el humor falsamente ingenuo, la burla, el trastrocamiento. Sé también que escribí textos donde esto no aflora. Reconozco que me agrada “ponerme en peligro”, literariamente hablando. Acaso atormentado por el espectro de la mediocridad, de esa amenaza, de ese horror. Más vale morir inventando que seguir perdurando en la repetición. Más vale chillar en procura de alguna armonía disparatada que albergar el conformismo del gimoteo” (texto extraído del sitio Mis poetas contemporáneos de Gustavo Tisocco).(2)

          –“…más que la anécdota propiamente dicha, me inclino por el cómo los personajes transitan por sus pasarelas. Les cuento también lo que me sucede con los noticieros televisivos: me extasío escudriñando, no tanto el cebo de la noticia sino los gestos de los involucrados y la dicción de locutor, o las personas que aparecen por detrás de lo que es principal en las imágenes” (texto extraído de Revista Teína, abril-junio de 2004).(3)

          ¿Elegir o ser elegido por la expresión? A las propensiones, las construcciones, dice Rolando, pero esas construcciones: ¿cuánto de innato aportan, con cuánto de lectura se levantan?

La forma, de la que apenas pueden consignarse  implicancias ligeras,  hebras finas, ¿cómo estructura su secreto?

¿No estaremos rumiando una pregunta inacabable?        ¿El balbuceo, el ingenio, el artefacto de Nicanor Parra?

¿Dónde las proporciones? ¿No hay en estos poemas algo que podríamos llamar marcas de arranque, algo arrebatado que busca definir, decirlo todo, porque todo parece que hirviera? (Y ahí está la palabra, como una  pinza de entomólogo, al acecho.) Pero además: ¿cómo  creer en originalidades a esta altura de los tiempos?

 VI

           “Obras completas en verso hasta acá” está constituído por 4 secciones, a saber: “Los papás queman”, “El fotógrafo cargado”, “Espasmitos espantosos” y “El cirujano poetón”.

En “Los papás queman” se perfila una época (los ‘50 y ‘60), las tiendas Harrod’s y su descripción enumerativa, los paseos familiares,  las preferencias infanto-juveniles, la consolidación de la sexualidad (complejo de Edipo mediante, ineludible), las posibilidades de nombrar la nostalgia (con no poca crudeza). El título de este capítulo, codificado por mi burdo intento de dilucidación personal, sería: “Los papás cogen”. Pero hay joyitas como esta:

Diana Dors/ acerca sus tetas de nácar/ a mi sopa/ ¡Yeeeeeah!… Diana.

“El fotógrafo cargado” alude a un extraño personaje en el poema inicial e inmediatamente comienzan a aparecer los nombres de unas señoritas de linaje vario. Ahh, las pasarelas del ojo poético…, niñas: esplendorosas como Constanza, inconsecuentes como Ana, instantáneas como Nora, anheladas como Eliana M. Cada una con su estereotipo, configuradas por un decir que las vive y reinventa.

…toda que es toda/ que si usted no la ama ni la  deja/

es que ni la critica/ es que ni es/ usted/

y ella sí/ ella es toda.

(fragmento de “Constanza”)

De “Espasmitos espantosos” habíamos adelantado algo.  En este bloque de hacer el amor se trata. (El yo poético, fuertemente presentificado,  no iba a perderse tamaña oportunidad, esa “graaan aventura”, como reza uno de los poemas.)

Transcribo una curiosidad gramatical donde con eficacia se enlazan 6 verbos consecutivos:

…me toca saludarte/ emocionarte/ dejarte haciendo que te vayas.

La serie “El cirujano poetón”  que cierra el volumen, a diferencia de las anteriores, ofrece una diversidad temática. Destaco especialmente “La musa merodeadora” y “A la nostalgia”, poemas donde lo poético logra una  fuerte impronta existencial.

Otros textos apuntan a desestructurar el sentido  con un trabajo directo sobre  el lenguaje tal como se ve en “La dexyuprilora” y “Cirú”. El extenso y arrollador poema surrealista “Mil novecientas ochenta y cuatro” responde a esta última propuesta.

 VII

           Finalmente, intentaré señalar algunas características de la poética que Rolando emplea en este libro, y que a lo largo de su amplia trayectoria fuera templando y complejizando.

Es común que inicie los primeros versos con un arranque inesperado, con un espacio que predispone a la tensión (una gran fuerza centrífuga, diría la escritora Lucila Févola). Cito como ejemplos:  “¡Ay! me tildo/ me reviso…” o, “Recórcholis y Albricias…” o, “Esa mujer es un tugurio”.

Otro procedimiento es el de cruzar los textos  con datos de la mitología clásica o popular, o utilizar recortes de la refranesca  a través de alguna variante de desmonte, con el propósito de alterar el significado tradicional: “Los papás queman porque amanecen más temprano”, “¡Qué lleno de mujeres era mi valle!”, “Una se malogró en plena senectud”.

De este modo se llega al suceso humorístico, desplegando a veces la figura del antihéroe, o la del distraído , incluso  la del energúmeno atrapado en su anomia social. Parodiar es otra de las más caras tentaciones de Rolando: “llegué a apostar que me querías”, dice en su poema “La abuelita”.

Quedan a consideración del lector especializado algunos guiños vinculados con el psicoanálisis, disciplina que nuestro poeta ejerce desde hace un buen tiempo.

Macedonio Fernández,  hablando de sus autores predilectos,  confesaba: “Sólo Quevedo me mantiene despierto”.(4)

Revagliatti no busca con-moverte, estimado lector (al menos desde el presupuesto de lo que debería ofrecer un   poema), tampoco se le ocurriría ir a tocar tus fibras íntimas. Como has podido ver, sus Obras Completas te han provisto de un material nervioso, generoso y vital. Algo de luz para tu insomnio.

                                     José Emilio Tallarico, Buenos Aires, noviembre de 2006.

(1)          Alusión a “Leo y escribo”, de R.R., Ed. Recitador Argentino, Bs. As. , 2002.

(2)          http://mispoetascontemporaneos.blogspot.com

(3)          http://www.revistateina.com

Extraído de una entrevista que junto a Pablo Gisone hiciéramos a Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio,  en el invierno de 1988, y que fuera publicada en el número 5 de la revista de literatura “Tamaño Oficio”.

ANTOLOGÍA POÉTICA, de Rolando Revagliatti.

Antología poética de Rolando Revagliatti.

14x20, 160 pag.

Antología poética de Rolando Revagliatti. Selección y prólogo de Eduardo Dalter. (2009)

PRÓLOGO de Eduardo Dalter:

NOTICIAS

La obra poética de Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945), por lo menos la que nos motiva a este trabajo, se vivenció y escribió en el lapso que va desde la aprobación de las leyes de obediencia debida y punto final (mes más o mes menos) hasta su anulación por brutales e increíbles, y aun algunos tramos más acá. O sea, en años en que la democracia turca, o virtual, o como se le llame, dejó un pozo, entre el cablerío cortado y la pared caída. Tiempos, recordemos, de los grandes desembarcos y de las apuestas mayores, también en la cultura, con su producción de humo y de reflejo. Una realidad que el poeta fue entendiendo, y digiriendo, también como una demasía para él solo, pero tampoco quería ponerse a vivir por nada, y se entiende, en la queja de bandoneón y en la derrota. Y de ahí su paso, su vibración y su actuación sin tregua, que son muestras palpables de un nervio a cielo abierto, pero también de una herida palpitante; y así lo hemos observado más de una vez en el silabeo, a veces grave, a veces sobreactuado, de sus poemas, que van colmando el espacio con su gracia desinhibida y tensa. Así, a menudo, su poesía termina derivando en el sainete, un sainete atravesado, y condenado, de abismo y de vacío. Un modo, con una intimidad, que el poeta escogió sin más para dialogar y representar una realidad (y una trizadura, un aire), por momentos más cercana a la absurdidad, que, está visto, lo golpea y lo estremece. Un poeta que escribe —tantas veces así lo imaginé— contra las cuerdas, a veces mirando conmovido al ring-side, sabiéndose solo, para sacar finalmente, apoyado en ese espaldar de sogas, su seguidilla de golpes más precisos. Otras veces, no pocas, seguramente en la calma de su hogar, en tardes o noches lentas, el poeta juega, ríe, se da un respiro, como quien avanza en las páginas vacías, no para más que por eso mismo y para situarse mejor en su trabajo, donde la materia prima es su propio cuerpo, su propio tiempo, el tiempo de todos, comprendiendo que el juego, el sainete de los cuatro vientos nacionales, es serio, muy serio. O bien sale a caminar, a embeberse del aire de parques tan distintos, indagando en las grietas, y regresando, bajo su camisa y su pantalón puestos a prueba. En este camino, que es andado y demarcado en poema y poema, el poeta deja traslucir sus costumbres y tonos de familia y sus ancestros, y en este ejemplo, su intención, sus lugares, su voz, son muestras elocuentes y extrañas, o muy de estos tiempos, de tejidos rotos y huellas entrecruzadas, y donde más que los trayectos y procesos de la historia de una lírica, y de una mística, hay la conjunción de los materiales más diversos, en sorprendente apareamiento, del sacudido y contemporáneo mundo. Ahí aparecen, como vecinos de sus calles, y como tíos mayores y maestros, Nicolás Olivari y Julio Huasi, tantas veces abrazados o fundidos, muy en Rolando, en una u otra esquina, desde el humor y la pincelada suburbana hasta esa tensión insinuada crispación, que, con fondo de hora pico, pueblan la escena y la mirada del poeta. Una confluencia, la continuidad de un curso, no exentas de apoyaturas, que han venido confirmando un campo singular en el marco abierto de la poesía porteña. Entre sus diversos y tensados poemas, entre lo significativo de su salsa, obrando como verdaderos carnets de identidad de su obra —y además hábitat de crecimiento de este trabajo—, surgen por sí solos al recuerdo poemas como: demasiado yo para mí solo; el que refiere a la sartén (por el mango); el que atañe a las rameras y a la policía de sus cuadras; el dedicado al Episcopado o el que ahonda en su fastidio, y, entre algunos otros de la lista, finalmente, ese poema-declaración en que el poeta, otra vez en los bordes, o más allá, esgrime su arma cargada de defensa. Rolando Revagliatti, un poeta de flores, un poeta en los límites, un poeta dramático.

Eduardo DalterBuenos Aires, 2008

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COMENTARIO de Fernando Sánchez Zinny

Libro hermoso y merecido, tanto por quienes amamos la poesía como por su autor, personaje de Buenos Aires que, arquetípicamente, une a la no elegida condición de poeta, la voluntad generosa de vivir esperanzado. Llega esta obra, además, en instancia por demás adecuada para ensayar un amistoso homenaje a su continuado y noble ejercicio de la poesía. Hace más de cuarenta años que Rolando Revagliatti sigue ese camino, canario incansable enjaulado en un patio ruidoso y desatento. Contra viento y marea, se lo escuche o no, él es siempre él, atenido a un ritmo único y consistente, a una monotonía que sólo explica una gran convicción.

Se le debe, sin duda, un trabajo de exégesis y de determinación de asociaciones y significados y es evidente que esta compilación, seleccionada y prologada por Eduardo Dalter, constituye una excelente herramienta pasa encarar esa labor. Desde siempre, Revagliatti ha desechado imágenes y cadencias y permanece contraído a entreverar ideas encapsuladas en ironías tristes. Eso es él y no es otra cosa y resulta realmente ejemplar la constancia con la que se aferra a ese molde, constituido ya, por persistencia, en entidad metafísica. Y así su voz alcanza una originalidad extrema, pues nadie hace lo que él hace. Como Antonio Porchia, ha inventado un idioma para hablar consigo, un intransferible código ensimismado. Por qué lo hace, qué lo llevó a elegir esa vía austera, a pulsar esa guitarra de una sola cuerda, es asunto ignoto: diríamos, con Machado, “quien habla sólo espera hablar con Dios un día”, pero lo callamos, temerosos de que ese verso apenas si provoque en Rolando una sonrisa melancólico.

Fernando Sánchez Zinny