XXV Festival Internacional de Poesía de Medellín – Un Festival para un nuevo horizonte, por Eduardo Dalter

Festival de Medellin

XXV Festival de Poesía en Medellin, 2015

 

El potencial mayor del Festival Internacional de Poesía de Medellín seguramente estribe en que la gente de esa populosa ciudad colombiana lo siente admirable y profundamente humano, y lo siente propio. Gente de todas las edades que se da cita en plazas céntricas, en auditorios, y en casas de cultura barriales, por millares, para escuchar a los poetas en sus poemas y en sus discursos encendidos en favor de la humanidad y de la paz.

Es verdad que se trata del trabajo arduo de un grupo organizador compuesto por poetas, con la experiencia ya de haber organizado 25 festivales con el mayor cuidado. Pero el crecimiento de estos eventos extendidos en el corazón de Antioquia ha sido una noticia cultural y social que ha dado varias vueltas al planeta y que parece elevar una firme propuesta ética labrada por numerosos deseos y numerosas voces.

Justamente en Colombia, que desde hace ya más de medio siglo se vino desangrando en una guerra intestina que no ha sabido de pausas ni de clemencias, con decenas de miles de muertos y con millones de desplazados y desarraigados. Justamente en Colombia, tierra de escuadrones de la muerte, pero también de notables poetas, y, sobre todo, de una población, una humanidad, que anhela reencontrarse sobre cauces ciertos.

“Seguramente la poesía no puede cambiar la vida, pero quienes la sienten y la viven profundamente acaso puedan hacerlo”, escuché decir a una muchacha en uno de los puestos de ventas de libros de poesía situado a un costado del Parque de los Deseos, a poco de comenzar el evento inaugural, que ya mostraba el paisaje singular de varios miles de personas sentadas sobre el piso y entusiastas.

Sin duda, ya hay resultados a la vista. De una ciudad que era el ancho epicentro de la violencia y lugar propio de un poderoso cartel que sembró muerte y desolación, a una sociedad, una comunidad, que se convoca para escuchar poesía, y donde los jóvenes siguen masivamente los entramados y propuestas de un festival poético y de su nueva cumbre poética por la paz, existe una distancia proverbial, que aguarda ser decisiva.

En todos los ámbitos del 25º Festival existió parecida expectativa y una mística intensa, así como el ánimo del público presente, desde el que pobló el auditorio de la casa de cultura de la cafetalera Fredonia hasta los docentes y alumnos del instituto San Isidro, del barrio Aranjuez; o desde los organizadores de la casa El Solar de Bucaramanga hasta los estudiantes que día a día aguardaban impacientes en el hall del Gran Hotel.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer, por decidir, y las tratativas por la paz, cien veces trabadas y destrabadas, entre la guerrilla y el gobierno, por momentos parecen como minadas por el recelo y la desconfianza. “Otra sociedad, a la medida de la gente, a la medida de la gente laboriosa de Medellín; una sociedad civilizada, con poderes civilizados”, parece escucharse en los entornos del Festival, en cada mensaje.

De todas formas, los medellinenses, los colombianos, no se saben solos, sino formando parte de un deseoso mundo en crisis, y de un Tercer Mundo, siempre tenso, con serios problemas a resolver, y, cuando no, encerrado o acechado. “Otro discurso, otra mirada, otros proyectos, para otra realidad”, surge a modo de pregunta o de respuesta en algún lugar de mi cabeza, mientras sigo escuchando los versos de dos jóvenes poetas.

“En Colombia tenemos de todo –me dijo una vecina algo mayor a la entrada del Centro Comunitario Montoya, en la zona de Manrique, y donde en minutos comenzarían a decir sus poemas los poetas invitados–: escuadrones, guerrilla, latifundistas, y bases militares. A mí el cansancio me hace tener esperanzas…”, concluyó. En fin, hay todo un pueblo, que acompaña a este Festival, que vive y respira en estado de expresión.

Un pueblo despierto, que este julio tórrido recibió en su Festival a 89 reconocidos poetas de 40 naciones, que día a día se fueron derramando por los centros culturales de la ciudad y de los barrios para decir sus poemas, en un esquema de organización que a todos les resultó afinado y admirable. Construir la paz con poemas, con ejemplo, con multitudes, ciertamente es una buena noticia que hay que hacer correr por el mundo.

Eduardo Dalter

Eduardo Dalter en el XXV Festival Poesia de Medelllin

Eduardo Dalter en el XXV Festival Poesia de Medelllin, 2015

 

Buenos Aires, julio de 2015

* Eduardo Dalter fue poeta invitado del XXV Festival Internacional de Poesía de Medellín, desarrollado en dicha ciudad entre el 11 y el 18 de julio.        

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CUADERNO CARMÍN DE POESÍA Nº 12, Revista Literaria

16x22, 28 pag.

Revista Literaria dirigida por Eduardo Dalter (Otoño, 1999).

 

ANTOLOGÍA POÉTICA, de Rolando Revagliatti.

Antología poética de Rolando Revagliatti.

14x20, 160 pag.

Antología poética de Rolando Revagliatti. Selección y prólogo de Eduardo Dalter. (2009)

PRÓLOGO de Eduardo Dalter:

NOTICIAS

La obra poética de Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945), por lo menos la que nos motiva a este trabajo, se vivenció y escribió en el lapso que va desde la aprobación de las leyes de obediencia debida y punto final (mes más o mes menos) hasta su anulación por brutales e increíbles, y aun algunos tramos más acá. O sea, en años en que la democracia turca, o virtual, o como se le llame, dejó un pozo, entre el cablerío cortado y la pared caída. Tiempos, recordemos, de los grandes desembarcos y de las apuestas mayores, también en la cultura, con su producción de humo y de reflejo. Una realidad que el poeta fue entendiendo, y digiriendo, también como una demasía para él solo, pero tampoco quería ponerse a vivir por nada, y se entiende, en la queja de bandoneón y en la derrota. Y de ahí su paso, su vibración y su actuación sin tregua, que son muestras palpables de un nervio a cielo abierto, pero también de una herida palpitante; y así lo hemos observado más de una vez en el silabeo, a veces grave, a veces sobreactuado, de sus poemas, que van colmando el espacio con su gracia desinhibida y tensa. Así, a menudo, su poesía termina derivando en el sainete, un sainete atravesado, y condenado, de abismo y de vacío. Un modo, con una intimidad, que el poeta escogió sin más para dialogar y representar una realidad (y una trizadura, un aire), por momentos más cercana a la absurdidad, que, está visto, lo golpea y lo estremece. Un poeta que escribe —tantas veces así lo imaginé— contra las cuerdas, a veces mirando conmovido al ring-side, sabiéndose solo, para sacar finalmente, apoyado en ese espaldar de sogas, su seguidilla de golpes más precisos. Otras veces, no pocas, seguramente en la calma de su hogar, en tardes o noches lentas, el poeta juega, ríe, se da un respiro, como quien avanza en las páginas vacías, no para más que por eso mismo y para situarse mejor en su trabajo, donde la materia prima es su propio cuerpo, su propio tiempo, el tiempo de todos, comprendiendo que el juego, el sainete de los cuatro vientos nacionales, es serio, muy serio. O bien sale a caminar, a embeberse del aire de parques tan distintos, indagando en las grietas, y regresando, bajo su camisa y su pantalón puestos a prueba. En este camino, que es andado y demarcado en poema y poema, el poeta deja traslucir sus costumbres y tonos de familia y sus ancestros, y en este ejemplo, su intención, sus lugares, su voz, son muestras elocuentes y extrañas, o muy de estos tiempos, de tejidos rotos y huellas entrecruzadas, y donde más que los trayectos y procesos de la historia de una lírica, y de una mística, hay la conjunción de los materiales más diversos, en sorprendente apareamiento, del sacudido y contemporáneo mundo. Ahí aparecen, como vecinos de sus calles, y como tíos mayores y maestros, Nicolás Olivari y Julio Huasi, tantas veces abrazados o fundidos, muy en Rolando, en una u otra esquina, desde el humor y la pincelada suburbana hasta esa tensión insinuada crispación, que, con fondo de hora pico, pueblan la escena y la mirada del poeta. Una confluencia, la continuidad de un curso, no exentas de apoyaturas, que han venido confirmando un campo singular en el marco abierto de la poesía porteña. Entre sus diversos y tensados poemas, entre lo significativo de su salsa, obrando como verdaderos carnets de identidad de su obra —y además hábitat de crecimiento de este trabajo—, surgen por sí solos al recuerdo poemas como: demasiado yo para mí solo; el que refiere a la sartén (por el mango); el que atañe a las rameras y a la policía de sus cuadras; el dedicado al Episcopado o el que ahonda en su fastidio, y, entre algunos otros de la lista, finalmente, ese poema-declaración en que el poeta, otra vez en los bordes, o más allá, esgrime su arma cargada de defensa. Rolando Revagliatti, un poeta de flores, un poeta en los límites, un poeta dramático.

Eduardo DalterBuenos Aires, 2008

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COMENTARIO de Fernando Sánchez Zinny

Libro hermoso y merecido, tanto por quienes amamos la poesía como por su autor, personaje de Buenos Aires que, arquetípicamente, une a la no elegida condición de poeta, la voluntad generosa de vivir esperanzado. Llega esta obra, además, en instancia por demás adecuada para ensayar un amistoso homenaje a su continuado y noble ejercicio de la poesía. Hace más de cuarenta años que Rolando Revagliatti sigue ese camino, canario incansable enjaulado en un patio ruidoso y desatento. Contra viento y marea, se lo escuche o no, él es siempre él, atenido a un ritmo único y consistente, a una monotonía que sólo explica una gran convicción.

Se le debe, sin duda, un trabajo de exégesis y de determinación de asociaciones y significados y es evidente que esta compilación, seleccionada y prologada por Eduardo Dalter, constituye una excelente herramienta pasa encarar esa labor. Desde siempre, Revagliatti ha desechado imágenes y cadencias y permanece contraído a entreverar ideas encapsuladas en ironías tristes. Eso es él y no es otra cosa y resulta realmente ejemplar la constancia con la que se aferra a ese molde, constituido ya, por persistencia, en entidad metafísica. Y así su voz alcanza una originalidad extrema, pues nadie hace lo que él hace. Como Antonio Porchia, ha inventado un idioma para hablar consigo, un intransferible código ensimismado. Por qué lo hace, qué lo llevó a elegir esa vía austera, a pulsar esa guitarra de una sola cuerda, es asunto ignoto: diríamos, con Machado, “quien habla sólo espera hablar con Dios un día”, pero lo callamos, temerosos de que ese verso apenas si provoque en Rolando una sonrisa melancólico.

Fernando Sánchez Zinny